Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell) - pág.801
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indiferente que llega a enamorarse de su propio marido? -Ya sabes que no leo novelas -dijo ella, y, procurando ponerse a tono con su humor de broma, continuó-: Además, tú mismo me has dicho muchas veces que no hay cosa más ridicula en el matrimonio que estar enamorados uno de otro. -¡Maldita sea! ¡La cantidad de majaderías que yo he dicho! -replicó Rhett de mal humor,
levantándose. -No jures. -Tendrás que acostumbrarte a oírme y aprender a hacerlo tú también. Tendrás que hacerte a
todas mis costumbres. Eso será el precio de... tenerme cariño y echarle la zarpa encima a mi dinero. -Bueno, no lo repitas tanto, porque no miento y te hago sentirte orgulloso. Tampoco tú estás enamorado de mí, ¿no es eso? ¿Por qué habría de estar yo enamorada de ti? -No, hija mía, no estoy más enamorado de ti de lo que tú lo estás de mí; y, si lo estuviera, tú serías la última persona a quien se lo diría. Dios tenga piedad del hombre que se enamore de ti; le destrozarás el corazón, querida. Eres una gatita cruel y revoltosa y tan despreocupada que ni siquiera te preocupas en esconder las uñas. La obligó a levantarse y la volvió a besar; pero esta vez de un modo distinto. No parecía preocuparse de no hacerle daño; es más, parecía querer hacérselo, intentar insultarla. Sus labios se deslizaron por su garganta y por fin se detuvieron sobre el terciopelo del vestido oprimiendo su pecho tan fuertemente y por tanto tiempo, que su aliento llegó a quemarle la piel. Sus manos lucharon rechazándolo en un ademán de pudor herido.
-No debes... ¿Cómo te atreves?
-Tu corazón late tan agitado como el de un conejo -dijo él burlonamente-. Demasiado de prisa para tratarse de simple cariño, pensaría yo si fuese presuntuoso. Alisa tu alborotado plumaje. Ya empiezas a adoptar aires virginales. Dime, ¿qué quieres que te traiga de Inglaterra? ¿Un anillo? ¿Cómo lo quieres?
Ella vaciló un momento entre el interés de sus últimas palabras y el femenil deseo de prolongar la escena colérica e indignada.
-¡Oh!... Un anillo de brillantes... Cómpramelo muy grande, Rhett. -¿Para que puedas lucirlo ante tus amistades pobres y decirles: «Mirad lo que pesqué»? Muy bien; lo tendrás grande, tan grande que tus amigas menos afortunadas puedan consolarse cuchicheando que es atrozmente plebeyo llevar unas piedras tan enormes.
De repente cruzó rápido el salón y ella, asombrada, lo siguió hasta las cerradas puertas.
-¿Qué te pasa? ¿Adonde vas?
-A mi casa a terminar el equipaje.
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