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Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell) - pág.38

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Sólo el transcurrir de la vida había podido dar al rostro de Ellen aquella expresión de orgullo sin altanería, su gracia, su melancolía y su carencia absoluta de sentido del humor.
Hubiera sido una mujer de notable belleza de haber tenido más brillo en sus ojos, más color en su sonrisa, más espontaneidad en su voz que sonaba como dulce melodía en los oídos de sus familiares y de sus sirvientes. Hablaba con el suave acento de los georgianos de la costa, líquido en las vocales y dulce en las consonantes con un lejano vestigio del acento francés. Era una voz que no se alzaba jamás para dar órdenes a un criado o para reprochar la travesura de un niño; sin embargo, todos la obedecían en Tara, mientras que los gritos de su marido eran silenciosamente desacatados.
Hasta donde Scarlett podía recordar, su madre siempre había sido la misma; su voz suave y dulce, tanto para reprochar como para alabar; sus modales tranquilos y dignos a pesar de las cotidianas necesidades del turbulento dueño de la casa, su carácter siempre sereno y su temple firme, aun cuando había perdido tres de sus hijos.
Scarlett no había visto jamás a su madre apoyarse en el respaldo de la silla ni sentarse sin una labor de costura entre sus manos, a excepción de las horas de las comidas, cuando asistía a los enfermos o se ocupaba de la contabilidad de la plantación. Si había visitas se enfrascaba en un bordado delicado; otras veces, sus manos se ocupaban de las camisas plisadas de Gerald, de los vestidos de los niños o de la ropa de los esclavos. Scarlett no acertaba a imaginarse las manos de su madre sin el dedal de oro ni su figura altiva sin la compañía de la negrita, que no tenía otra ocupación en su vida que la de poner o quitar la mesa y llevar de aposento en aposento la caja encarnada de las labores, cuando Ellen se ajetreaba de acá para allá en la casa, vigilando la cocina, la limpieza y los trabajos de costura para los trajes de los plantadores.
Jamás había visto a su madre abandonar su austera placidez o faltar a ninguna de sus obligaciones, tanto si era de día como de noche. Cuando Ellen se vestía para asistir a un baile, para recibir a los invitados o bien para ir a cualquiera de las reuniones en Jonesboro, tenía frecuentemente necesidad de disponer de dos horas, de dos criadas y de Mamita para sentirse completamente satisfecha; aunque, en casos necesarios, sus rápidos tocados eran asombrosos.


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