Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell) - pág.32
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Que Scarlett le confiase a ella sus problemas.
-¡De modo que nos has estado poniendo a todos en evidencia! -gritó, elevando la voz como le ocurría siempre que se excitaba-. ¡Perseguir a un hombre que no te quiere, cuando podrías esclavizar a tu gusto a cualquier petimetre del condado!
La cólera y el amor propio herido se sobrepusieron al dolor.
-No le he perseguido. Es, sencillamente, que me has cogido de sorpresa.
-¡Mientes! -replicó Gerald. Pero, al observar su apenado rostro, añadió en un arranque de bondad-: Lo siento, hija mía. Después de todo no eres más que una niña, y hay otros muchos galanes en el mundo. -Mamá tenía quince años cuando se casó contigo, y yo tengo ya dieciséis.
-Tu madre era distinta -repuso Gerald-. Nunca fue una atolondrada como tú. Ahora ven, hija mía, anímate, y te llevaré a Charleston la semana que viene, a ver a tu tía Eulalie, y con todo el jaleo que hay allí, con lo del Fort Sumter, antes de una semana te habrás olvidado de Ashley.
«Cree que soy una niña -pensó Scarlett, afligida y rabiosa sobre toda ponderación-, y sólo se le ocurre darme un nuevo juguete para que olvide mis descalabros.»
-Vamos, no me pongas esa cara -dijo, regañón, Gerald-. Si tuvieras algo de sentido común te hubieras casado con Stuart o Brent Tarleton hace tiempo. Piénsalo, hija mía. Cásate con uno de los gemelos, juntaremos las plantaciones y Jim Tarleton y yo os construiremos una hermosa casa, precisamente en el gran pinar donde se unen, y...
-¿Quieres dejar de tratarme como a una niña? ¡No quiero ir a Charleston, ni tener una casa, ni casarme con los gemelos! Sólo quiero... -Se contuvo, pero era demasiado tarde. La voz de Gerald era tranquila, y habló despacio, como si extrajese sus palabras de un lugar de su memoria al que rara vez acudiese.
-Sólo quieres a Ashley y no lo vas a tener. Y si él quisiera casarse contigo, te daría mi consentimiento temblando, a pesar de la excelente amistad que me une con su padre. -Al notar la mirada de asombro de Scarlett, explicó-: Yo deseo que mi hija sea feliz; y tú no serías feliz con él.
-¡Oh, lo sería! ¡Lo sería!
-No, hija mía. Sólo las parejas afines pueden ser felices en el matrimonio.
Scarlett sintió un súbito deseo de gritar: «¡Pues vosotros habéis sido felices, y mamá y tú no os parecéis en nada!», pero se contuvo, comprendiendo que se ganaría un tirón de orejas por su impertinencia.
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