El Vampiro de Sussex (Arthur Conan Doyle) - pág.11
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.. pudo hablarme de aquel modo...
-Está muy dolorido, pero es incapaz de entender.
-No, no puede entender. Pero debería confiar.
-¿Por qué no habla con él? -sugerí.
-No, no; no puedo olvidar aquellas palabras terribles, ni su expresión. No le veré. Ahora váyase. No puede hacer nada por mí. Dígale solamente una cosa. Quiero a mi hijo. Tengo derecho a mi hijo. Este es el único mensaje que puedo enviarle.
Se volvió de cara a la pared y no dijo más.
Volví a la sala de abajo donde Ferguson y Holmes seguían todavía sentados junto al fuego. Ferguson escuchó pensativamente mi narración de la entrevista.
-¿Cómo puedo mandarle a su hijo? -dijo-. ¿Cómo voy a saber qué extraño impulso puede entrarle? ¿Cómo podré jamás olvidar cómo se levantó del lado de la cuna con sangre en los labios? -se estremeció al recordar-. El niño está seguro con la señora Mason, y debe seguir con ella.
Una doncella de elegante uniforme, la única cosa moderna que podía verse en la casa, había traído un poco de té. Mientras lo estaba sirviendo, se abrió la puerta y un jovencito entró en la habitación. Era un muchacho que llamaba la atención: cara pálida, cabello rubio, expresivos ojos azul pálido que se encendían en súbita llama de emoción y alegría cuando su mirada se posaba en su padre. Se abalanzó hacia él y le rodeó el cuello con los brazos, con el abandono de una adolescente enamorada.
-Oh, papá -gritó-, no sabía que ya estuvieras de vueltas. Habría estado aquí esperándote. ¡Oh! ¡Qué contento estoy de verte!
Ferguson se liberó suavemente del abrazo, con ciertas muestras de turbación.
-Querido muchacho -dijo, dando unos tiernos golpecitos en la rubia cabeza-, he vuelto pronto porque he podido convencer a mis amigos, el señor Holmes y el doctor Watson, para que vinieran a pasar la velada con nosotros.
-¿Es el señor Holmes, el detective?
-Sí.
El jovencito nos miró de un modo penetrante y, según me pareció, poco amistoso.
-¿Qué me dice de su otro hijo, señor Ferguson? -preguntó Holmes-¿Podríamos ver al bebé?
-Pídele a la señora Mason que baje al niño -dijo Ferguson. El muchacho se marchó con un andar extraño, bamboleante, que delató a mis ojos médicos que sufría de una afección espinal. Volvió al poco rato, y, detrás suyo, venía una mujer alta y delgada que llevaba en sus brazos a un hermosísimo niño, de ojos negros y pelo rubio, una maravillosa mezcla de lo sajón y lo latino.
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