El Ritual de los Musgrave (Arthur Conan Doyle) - pág.6
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Rachel, que es muy buena chica, pero tiene un excitable temperamento galés, sufrió un arrebato de fiebre cerebral, y ahora circula por la casa, o al menos así lo hacía hasta ayer, como un alma en pena y una sombra de lo que había sido. Tal fue nuestro primer drama en Hurlstone, pero un segundo drama nos lo borró de la cabeza, precedido por la caída en desgracia y el despido del mayordomo Brunton. Así ocurrieron las cosas.
Ya he dicho que era un hombre inteligente, y precisamente esta inteligencia ha causado su ruina, ya que al parecer le produjo una curiosidad insaciable respecto a cosas que ni mucho menos le concernían. Yo no barrunté lo muy lejos a lo que esto le llevaría, hasta que un ínfimo incidente me abrió los ojos.
También he dicho que el caserón es grande e intrincado. Una noche de la semana pasada, el jueves por la noche, para ser más exacto, constaté que no me era posible dormir, ya que después de la cena había cometido la imprudencia de tomar una taza de fuerte café noir. Después de luchar con el insomnio hasta las dos de la madrugada, comprendí que todo era inútil, por lo que me levanté y encendí la vela con la intención de continuar una novela que estaba leyendo. Sin embargo, había dejado el libro en la sala de billar, en vista de lo cual me eché la bata encima y me dispuse a ir a buscarlo.
Para llegar hasta allí, tenía que bajar un tramo de escalera y después cruzar el comienzo de un pasadizo que conduce a la biblioteca y a la armería. Puedes imaginar mi sorpresa cuando, al mirar a lo largo de este pasillo, vi un destello de luz procedente de la puerta abierta de la biblioteca. Yo mismo había apagado la lámpara y cerrado la puerta antes de ir a acostarme. Naturalmente, lo primero que pensé fue en ladrones. En Hurlstone, los pasillos tienen sus paredes decoradas en gran parte con trofeos a base de armas antiguas. De uno de ellos descolgué un hacha de combate y, dejando la vela detrás mío, avancé de puntillas por el pasadizo y atisbé a través de la puerta abierta.
Quien se encontraba en la biblioteca era Brunton, el mayordomo. Estaba sentado en un sillón, con una hoja de papel que parecía un mapa sobre su rodilla, y la frente apoyada en su mano, como sumido en profundos pensamientos.
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