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El Ritual de los Musgrave (Arthur Conan Doyle)

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El Ritual de los Musgrave
Sir Arthur Conan Doyle


¿Qué rescoldos de venganza se convirtieron de pronto en llamaradas en el alma de aquella apasionada mujer?
Una anomalía que a menudo me llamaba la atención en el carácter de mi amigo Sherlock Holmes era la de que, a pesar de que en sus métodos de pensamiento era el más ordenado y metódico de todos los hombres, y aunque también mostraba un cierto esmero discreto en su manera de vestir, en sus hábitos personales era, en cambio, uno de los hombres más desordenados que jamás hayan llevado a la desesperación a un compañero de pensión. No es que yo sea ni mucho menos convencional en este aspecto, pues la vida desordenada en Afganistán, unida a una disposición de por si bastante bohemia, me han convertido en hombre más descuidado de lo que corresponde a un médico. Pero en mi caso existe un límite y, cuando encuentro a un hombre que guarda sus cigarros en el cubo para el carbón, su tabaco en la punta de una zapatilla persa y su correspondencia sin contestar atravesada por una navaja de bolsillo en el centro de la repisa de madera de su chimenea, entonces empiezo a darme aires virtuosos.
Siempre he sostenido también que la práctica del tiro de pistola debería ser, indiscutiblemente, un pasatiempo propio del aire libre, y cuando Holmes, en uno de sus arrebatos de extravagante humor se sentaba en una butaca, con su revólver y un centenar de cartuchos Boxer, y procedía a adornar la pared opuesta con unas patrióticas iniciales V.R. trazadas a balazos, yo creía firmemente que ni la atmósfera ni la apariencia de nuestra habitación mejoraban con ello.
Nuestros aposentos siempre estaban llenos de productos químicos y de reliquias del mundo criminal, que tenían la particularidad de desplazarse hasta lugares improbables y aparecer en la mantequera o en si-tios todavía más indeseables. Pero mi peor cruz eran sus papeles. Le causaba horror destruir documentos, en especial aquellos que guardaban relación con anteriores casos suyos, y sin embargo sólo una o dos veces al año reunía energías para rotularlos y ordenarlos, pues, tal como he mencionado en algún lugar de estas incoherentes memorias, sus arranques de apasionada energía, cuando llevaba a cabo las notables hazañas con las que va asociado su nombre, eran seguidos por reacciones letárgicas durante las cuales permanecía tumbado con su violín y sus libros, casi sin moverse, salvo para pasar del sofá a la mesa.


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