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Estrella de Plata (Arthur Conan Doyle) - pág.25

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También esa noche iba a ser empleado para realizar una operación delicada. Usted, coronel Ross, con la amplia experiencia que posee en asuntos de carreras de caballos, tiene que saber que es posible realizar una leve incisión en los tendones de la corva de un caballo, y que esa incisión se puede hacer subcutánea, sin que quede absolutamente ningún rastro. El caballo así operado sufre una pequeñísima cojera, que se atribuiría a un mal paso durante los entrenamientos o a un ataque de reumatismo, pero nunca a una acción delictiva.

-¡Canalla y miserable! -exclamó el coronel.
-Ahí tenemos la explicación de por qué John Straker quiso llevar el caballo al páramo. Un animal de tal vivacidad habría despertado seguramente al más profundo dormilón en el momento en que sintiese el filo del cuchillo. Era absolutamente necesario operar al aire libre.
-¡He estado ciego! -exclamó el coronel-. Naturalmente que para eso era para lo que necesitaba el trozo de vela, y por lo que encendió una cerilla.
-Sin duda alguna. Pero al hacer yo inventarío de las cosas que tenía en los bolsillos, tuve la suerte de descubrir, no sólo el método empleado para el crimen, sino también sus móviles.
Como hombre de mundo que es, coronel, sabe que nadie lleva en sus bolsillos las facturas pertenecientes a otras personas. Bastante tenemos la mayor parte de nosotros con pagar las nuestras propias. Deduje en el acto que Straker llevaba una doble vida, y que sostenía una segunda casa. La índole de la factura me demostró que andaba de por medio una mujer, -una mujer que tenía gustos caros. Aunque es usted generoso con su servidumbre, dificilmente puede esperarse que un empleado suyo esté en condiciones de comprar a su mujer vestidos para calle de veinte guineas. Interrogué a la señor Straker, sin que ella se diese cuenta, acerca de ese vestido. Seguro ya de que ella no lo había tenido nunca, tomé nota de la dirección de la modista, convencido de que visitándola con la fotografía de Straker podría desembarazarme fácilmente de aquel mito del señor Darbyshire.
Desde ese momento quedó todo claro. Straker había sacado el caballo y lo había llevado a una hondonada en la que su luz resultaría invisible para todos. Simpson, al huir, había perdido la corbata, y Straker la recogió con alguna idea, quizá con la de atar la pata del animal.


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