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Estrella de Plata (Arthur Conan Doyle) - pág.17

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Pero, ahí lo tiene usted precisamente, y él podrá darle en persona la respuesta. De ninguna manera, señor, de ninguna manera; me jugaría el puesto si él me ve recibir dinero de usted. Si lo desea, démelo más tarde.
En el momento en que Sherlock Holmes metía de nuevo en el bolsillo la media corona que había sacado del mismo, avanzó desde la puerta un hombre entrado en años y de expresión violenta, que empuñaba en la mano un látigo de caza.
-¿Qué pasa, Dawson? -gritó-No quiero chismorreos. Vete a tu obligación. Ustedes..., ¿qué diablos quieren ustedes por acá?
-Hablar diez minutos con usted, mi buen señor -le contestó Holmes con la más meliflua de las voces.
-No tengo tiempo para hablar con todos los ociosos que aquí se presentan. Lárguense, si no quieren salir perseguidos por un perro.
Holmes se inclinó hacia adelante y cuchicheó algo al oído del entrenador. Este dio un respingo y se sonrojó hasta las sienes.
-¡Eso es un embuste! -gritó-. ¡Un embuste infernal!
-Perfectamente, pero ¿quiere que discutamos acerca de ello en público, o prefiere que lo hagamos en la sala de su casa?

-Bueno, venga conmigo, si así lo desea.
Holmes se sonrió, y me dijo:
-No le haré esperar más que unos minutos, Watson. ¡Ea! señor Brown, estoy a su disposición.
Antes de que Holmes y el entrenador reapareciesen pasaron sus buenos veinte minutos, y los tonos rojos se habían ido desvaneciendo hasta convertirse en grises. Jamás he visto cambio igual al que había tenido lugar en Silas Brown durante tan breve plazo. El color de su cara era cadavérico, brillaban sobre sus cejas gotitas de sudor, y le temblaban las manos de tal manera que el látigo de caza se agitaba lo mismo que una rama sacudida por el viento. Sus maneras valentonas y avasalladoras habían desaparecido por completo, y avanzaba al costado de mi compañero con las mismas muestras de zalamería de un perro a su amo.
-Serán cumplidas sus instrucciones. Serán cumplidas -le decía.
-No quiero equivocaciones -dijo Holmes, volviéndose a mirar; y el entrenador parpadeó al encontrarse con la mirada amenazadora de mi compañero.
-¡Oh, no, no las habrá! Estaré allí. ¿Quiere que lo cambie antes o después?
Holmes meditó un momento y de pronto rompió a reír.
-No, no lo cambie -dijo-.


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