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Estrella de Plata (Arthur Conan Doyle) - pág.16

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Yo, a petición de Holmes, tiré hacia la derecha, siguiendo citalud, y él tiró hacia la izquierda; no habría andado yo cincuenta pasos cuando le oí lanzar un grito, y vi que me llamaba con la mano. Las huellas del caballo se dibujaban con claridad en la tierra blanduzca que él tenía delante, y la herradura que sacó del bolsillo ajustaba exactamente en ellas.
-Vea usted qué valor tiene la imaginación -me dijo Holmes-. Es la única cualidad que le falta a Gregory. Nosotros nos imaginamos lo que pudo haber ocurrido, hemos actuado siguiendo esa suposición, y resultó que estábamos en lo cierto. Sigamos adelante.
Cruzamos el fondo pantanoso y entramos en un espacio de un cuarto de milla de césped seco y duro. Otra vez el terreno descendió en declive, y otra vez tropezamos con las huellas. Perdimos éstas por espacio de media milla, pero fue para volver a encontrarlas muy cerca ya de Capleton. El primero en verlas fue Holmes, y se detuvo para señalánnelas con expresión de triunfo en el rostro. Paralelas a las huellas del caballo, veíanse las de un hombre.
-Hasta aquí el caballo venía solo -exclamó.
-Así es. El caballo venía solo hasta aquí. ¡Hola! ¿Qué es esto?
Las dobles huellas cambiaron de pronto de dirección, tomando la de King´s Pyland. Holmes dejó escapar un silbido, y los dos fuimos siguiéndolas. Los ojos de Holmes no se apartaban de las pisadas, pero yo levanté la vista para mirar a un lado, y vi con sorpresa esas mismas dobles huellas que volvían en dirección contraria.
-Un tanto para usted, Watson -dijo Holmes, cuando yo le hice ver aquello-. Nos ha ahorrado una larga caminata que nos habría traído de vuelta sobre nuestros propios pasos. Sigamos esta huella de retorno.
No tuvimos que andar mucho. La doble huella terminaba en la calzada de asfalto que conducía a las puertas exteriores de las cuadras de Capleton. Al ácercarnos, salió corriendo de las mismas un mozo de cuadra.
-Aquí no queremos ociosos -nos dijo.
-Sólo deseo hacer una pregunta -dijo Holmes, metiendo en el bolsillo del chaleco los dedos índice y pulgar-. ¿Será demasiado temprano para que hablemos con tu jefe, el señor Silas Brown, si acaso venimos mañana a las cinco de la mañana?
-¡Válgame Dios, caballero! Si alguno anda a esa hora por aquí, será él, porque es siempre el primero en levantarse.


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