El Parásito (Arthur Conan Doyle) - pág.26
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Y entonces llegó el bendito cambio. ¡Nadie me diga que no existe la Providencia! Yo estaba al borde de la perdición; mis pies estaban en el límite. ¿Fue coincidencia que en ese preciso instante llegara la ayuda? No, no, no; existe la Providencia, y su mano me rescató. Existe algo en el Universo más fuerte que esta diabólica mujer y sus trucos. Ah, ¡qué alivio para mi corazón es pensar así! Mientras la miraba estaba consciente de un cambio en ella. Su rostro, antes pálido, ahora estaba cadavérico; sus ojos estaban hundidos y los párpados caían pesadamente sobre ellos. Pero, sobre todo, de su semblante había desaparecido el aspecto de serena confianza; su boca se había relajado y tenía la frente contraída. Estaba asustada e indecisa. Mientras observaba el cambio, mi propio espíritu se agitaba y luchaba con fuerza, tratando de desprenderse del influjo que lo sujetaba -influjo que por momentos se hacía menos seguro.
-Austin, -susurró- he tratado de hacer demasiado y no estaba suficientemente fuerte. Aún no me he recuperado de mi enfermedad, pero ya no podía vivir sin verte. ¿No me dejarás, Austin? Esta es apenas una debilidad pasajera; si me dieras sólo cinco minutos, volveré a ser la misma. Alcánzame la pequeña garrafa que está en la mesa de la ventana.
Pero yo había recuperado mi alma. Con su fuerza debilitada su influencia se había alejado de mí dejándome libre; y yo estaba agresivo -amarga y ferozmente agresivo. Al menos por una vez pude hacerle comprender a aquella mujer cuáles eran mis sentimientos hacia ella. Mi alma estaba llena de un odio tan bestial como el amor contra el cual reaccionaba, era la pasión salvaje y asesina del siervo sublevado. Hubiera podido tomar la muleta de su lado y golpearle el rostro con ella. Elevó las manos, como para evitar un golpe y se acurrucó lejos de mí en un extremo del sofá.
-¡El brandy! -dijo con voz entrecortada- ¡El brandy!
Tomé la garrafa y la vacié en las raíces de una palmera en la ventana, luego le arrebaté la fotografía de la mano y la rompí en mil pedazos.
-¡Eres una mujer abominable, -dije- y si yo cumpliera mi deber con la sociedad, jamás saldrías viva de esta habitación!
-¡Te amo, Austin, te amo! -gimió.
-Sí. -exclamé- y a Charles Sadler antes. Y, ¿a cuántos más previamente?
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