El Parásito (Arthur Conan Doyle) - pág.14
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No quedó ninguna pesadez ni cansancio, por el contrario, aunque no ha pasado más que una hora más o menos desde el experimento, me siento tan despierto que me atrae más el estudio que el dormitorio. Veo todo un panorama de interesantes experimentos extendiéndose ante nosotros, y soy todo impaciencia por comenzarlos.
Marzo 27. Un día en blanco, pues la señorita Penclosa va con Wilson y su esposa a casa de los Sutton. Comencé el Magnetismo Animal de Binet y Ferre; ¡cuán extrañas y profundas son estas aguas! Efectos, efectos, efectos -y la causa un absoluto misterio. Es estimulante para la imaginación, pero tengo que estar en guardia contra eso. No hagamos conjeturas ni deducciones, ni nada sino hechos tangibles. Sé que el trance mesmérico es verdad; sé que la sugestión mesmérica es verdad; sé que soy sensible a esa fuerza. Tal es mi posición presente. Tengo una nueva libreta de apuntes que estará dedicada por completo al detalle científico. Larga charla en la noche con Agatha y la Sra. Marden acerca de nuestro matrimonio. Pensamos que las vacaciones de verano (el comienzo) serían el mejor momento para la boda, ¿por qué retrasarla? Me molestan hasta esos pocos meses; pero como dice la Sra. Marden, aún hay una buena cantidad de cosas que arreglar.
Marzo 28. Mesmerizado de nuevo por la señorita Penclosa. Experimento casi lo mismo que antes, excepto que la insensibilidad llega más pronto. Ver libreta de apuntes A para la temperatura de la sala, presión barométrica, pulso y respiración tomados por el profesor Wilson.
Marzo 29. Mesmerizado de nuevo. Detalles en la libreta de apuntes A.
Marzo 30. Domingo, y día en blanco. Detesto cualquier interrupción de nuestros experimentos. Por el momento éstos apenas incluyen signos físicos acompañados de ligera, completa y extrema insensibilidad. Más tarde esperamos pasar al fenómeno de sugestión y lucidez. Profesores han demostrado estas cosas sobre mujeres en Nancy y la Salpêtrière, pero sería más convincente si una mujer lo demostrara sobre un profesor con otro profesor como testigo. Y que yo fuera el sujeto -¡Yo, el escéptico, el materialista! Por lo menos he demostrado que mi devoción hacia la ciencia es mayor que hacia mi propia consecuencia personal. Tragarnos nuestras propias palabras es el mayor sacrificio que la verdad exige de nosotros. Mi vecino Charles Sadler, el joven y apuesto instructor de anatomía, vino esta noche para devolver un tomo de los Archivos de Virchow que yo le había prestado.
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