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El Parásito (Arthur Conan Doyle) - pág.7

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Espero que la haya ocultado, pero me sentía como un niño en la oscuridad; no podía creer que aún estuviera expuesto a semejante debilidad.
-Está en trance -dijo la señorita Penclosa.
-Está dormida -exclamé.
-¡Despiértela entonces!
Le halé el brazo y le grité en el oído; debía estar muerta por la impresión que me produjo. Su cuerpo estaba allí, en la silla de terciopelo; sus órganos funcionaban -corazón, pulmones, ¡pero su espíritu! Había escapado fuera de nuestro alcance. ¿Adónde había ido? ¿Qué poder lo había desalojado? Yo estaba confundido y desconcertado.
-Suficiente para el sueño mesmérico -dijo la señorita Penclosa- y en cuanto a la sugestión, cualquier cosa que le sugiera la señorita Marden inexorablemente lo hará, ya sea ahora o después de que haya despertado del trance. ¿Quiere una prueba?
-Por supuesto -dije.
-La tendrá.
Vi cruzar una sonrisa por su rostro, como si hubiera pensado algo divertido. Se inclinó y formalmente susurró algo al oído del sujeto. Agatha, que había estado tan sorda conmigo, inclinó la cabeza mientras escuchaba.
-¡Despierta! -ordenó la señorita Penclosa, con un fuerte golpe de su muleta sobre el piso. Los ojos se abrieron, la vidriosidad fue desapareciendo lentamente, y el alma se manifestó nuevamente luego de su momentáneo eclipse.
Nos retiramos temprano. Agatha no estaba peor por su extraña excursión, pero yo estaba nervioso y trastornado, incapaz de oír o de responder al torrente de comentarios que Wilson vertía en mi favor. Cuando le di las buenas noches, la señorita Penclosa deslizó un papel en mi mano.
-Le ruego me disculpe -dijo- si trato de vencer su escepticismo. Abra esta nota mañana por la mañana a las diez. Es una pequeña prueba privada.
No puedo imaginarme lo que quiso decir, pero allí está la nota, y será abierta como ella indicó. Me duele la cabeza, y ya escribí suficiente por esta noche. Quizás mañana lo que parece tan inexplicable tome otro cariz; pero yo no voy a renunciar a mis convicciones sin luchar.
Marzo 25. Estoy sorprendido y confundido. Claro está que debo reconsiderar mi opinión sobre este asunto. Pero primero permítanme dejar una relación de lo sucedido. Había terminado el desayuno, y estaba examinando algunos diagramas con los cuales ilustraría mi clase, cuando mi ama de llaves entró para decirme que Agatha estaba en mi estudio y quería verme inmediatamente.


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