El mundo perdido (Arthur Conan Doyle) - pág.28
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-Puede ser, desde luego, una coincidencia; o quizá este norteamericano había visto un dibujo de esta clase, quedándosele grabado en la memoria. Es posible que un hombre atacado de delirio tuviese esas visiones.
-Muy bien -contestó el profesor indulgentemente-. Dejémoslo así. Ahora le ruego que observe este hueso.
Me alargó el hueso que ya había descrito al enumerar las posesiones del muerto. Tenía alrededor de seis pulgadas de largo, era más grueso que mi pulgar y mostraba algunos restos de cartílago seco en uno de sus extremos.
-¿A cuál de los animales conocidos pertenece este hueso? -preguntó el profesor.
Lo examiné con cuidado, tratando de evocar algunos conocimientos que tenía semiolvidados.
-Podría ser una clavícula humana muy gruesa -dije.
Mi compañero movió su mano en un gesto de desdeñosa desaprobación.
-La clavícula es un hueso curvo. Éste es recto. Hay unas estrías en su superficie que demuestran que ahí hacía juego un poderoso tendón, lo cual no podría ser si se tratase de una clavícula.
-Pues entonces debo confesar que no sé de qué se trata.
-No tiene usted por qué avergonzarse de exhibir su ignorancia, pues ni todo el personal de South Kensington, presumo, sería capaz de darle nombre.
Sacó entonces del interior de una cajita de píldoras un huesecillo del tamaño de un guisante.
-Por lo que soy capaz de juzgar, este hueso humano es análogo al que usted tiene ahora en su mano. Es-to le dará una idea aproximada del volumen del animal. Por los restos de cartílago que tiene, observará que éste no es un ejemplar fósil, sino reciente. ¿Qué me dice de esto?
-Que seguramente en un elefante...
Dio un respingo, como si sufriese un dolor repentino.
-¡No! ¡No hable de elefantes en Sudamérica! Aún en estos días de escuelas de internos8...
8. Board Schools. El profesor Challenger, evidentemente, no era partidario de la educación inglesa reservada a las clases populares.
-Bueno -le interrumpí-, o de cualquier otro animal grande que haya en Sudamérica, un tapir por ejemplo.
-Puede usted dar por seguro, joven, que conozco los rudimentos de mi oficio. Este hueso no puede pertenecer ni a un tapir ni a ningún otro animal conocido por la zoología. Pertenece a un animal muy grande, muy fuerte y, según toda analogía, muy feroz, que existe ahora sobre la faz de la tierra, pero aún no ha llegado a conocimiento de la ciencia.
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