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El Médico Moreno (Arthur Conan Doyle) - pág.16

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Mi hermano llegó en persona cierta noche, no mucho después de que ya recibiera su carta. Me encontraba en mi despacho, después de haberse acostado la servidumbre, cuando escuché ruido de pasos en la gravilla del camino del jardín y un instante después vi su cara que me estaba observando por la ventana. Iba rasurado, lo mismo que yo, y el parecido entre nosotros seguía siendo tan grande que yo pensé por un momento que estaba viendo mi imagen reflejada en el cristal. Fuera de que tenía sobre una ceja un parche oscuro, nuestras facciones eran absolutamente idénticas. Me sonrió con la misma expresión burlona que tenía desde que era niño y yo comprendí que seguía siendo el mismo que me obligó a abandonar mi país natal, deshonrando un apellido que siempre estuvo rodeado de respeto. Me dirigí a la puerta y le hice pasar, serían las diez de la noche. Cuando le pude ver a la luz de la lámpara, comprendí en el acto que habían llegado días muy malos para mi hermano. Vino a pie desde Liverpool y se encontraba fatigado y enfermo. La expresión de su cara me produjo dolorosa sorpresa. Mis conocimientos médicos me hicieron comprender que padecía alguna grave enfermedad interna. Venía también bebido y tenía la cara con magulladuras a consecuencia de alguna pelea con marineros. El parche se lo había colocado para ocultar la lastimadura del ojo y se lo quitó el entrar en la habitación. Vestía chaqueta de marinero y camisa de franela, llevando el calzado completamente roto. Pero su pobreza no había hacho sino esperar más aun su odio vengativo contra mi. Ese odio se había convertido en monomanía. Me dijo que, mientras él se moría de hambre en Sudamérica, ya había estado nadando en dinero en Inglaterra. Imposible repetirles a ustedes las amenazas y los insultos que salieron de su boca contra mi. Tengo la impresión se que la penuria y la mala vida habían trastornado su razón. Se paseó por el despacho como fiera enjaulada, exigiendo bebida y dinero, recurriendo a las expresiones más soeces. Yo soy hombre de temperamento arrebatado, pero doy gracias a Dios de poder afirmar que permanecí dueño de mi mismo y que en ningún momento alcé la mano contra él. Mi serenidad sólo consiguió aumentar su irritación. Lanzando maldiciones y fuera de si me amenazó con los puños, cuando de pronto sus facciones se contorsionaron de una manera horrible, se apretó el pecho con las manos y lanzando un grito agudo cayó redondo a mis pies.


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