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Lote Número 249 (Arthur Conan Doyle) - pág.33

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-¡Está bien! ¡Está bien! ¡Lo haré! -gritó Bellingham.
Cogió el cuchillo con frenética rapidez y empezó a dar cortes en el cuerpo de la momia, volviendo constantemente la cara para encontrarse siempre pon el ojo y el arma de su terrible vecino. La momia crujía y saltaba en pedazos a cada corte del afilado cuchillo. Un polvo denso y amarillento se desprendió de ella. Las especias y las esencias secas llovieron sobre el suelo. De pronto, con un chasquido desgarrador, el espinazo saltó en pedazos y la momia cayó al suelo, convertida en un oscuro amasijo de miembros revueltos.
-¡Ahora al fuego! -dijo Smith.
Las llamas saltaron y crepitaron cuando los restos, resecos como yesca, fueron apilados encima del fuego. La habitación parecía el cuarto de calderas de un vapor, y los dos hombres tenían el rostro bañado de sudor. Pero uno de los hombres seguía agachado, trabajando, mientras el otro le vigilaba sentado, con expresión decidida. El fuego despedía un humo espeso y grasiento y la habitación se llenó de un fuerte olor a resina quemada y cabellos chamuscados. Al cabo de un cuarto de hora sólo quedaban unos trozos renegridos y quebradizos del lote número 249.
-Supongo que estás satisfecho -gruñó Bellingham, que miraba a su torturador con una expresión de odio y temor en sus ojillos grises.
-No. Deben ser destruidos todos tus materiales. Tenemos que impedir que vuelvas a utilizar tus trucos diabólicos. ¡Al fuego con todas esas hojas! Seguro que tienen algo que ver con el asunto.
-¿Y ahora qué? -preguntó Bellingham, cuando las hojas fueron arrojadas a las llamas.
-Ahora el rollo de papiro que tenías encima de la mesa aquella noche. Creo que está en ese cajón.
-¡No, no! -gritó Bellingham-. ¡No lo quemes! No sabes lo que haces. Es único. La sabiduría que contiene no se puede encontrar en ninguna otra parte.
-¡Al fuego con él!
-Pero, escucha, Smith, no puedes hacer eso. Compartiré sus secretos contigo. Te enseñaré a utilizar sus poderes. ¡Oh, detente! ¡Déjame sacar una copia antes de que lo quemes!
Smith se dirigió hacia el cajón y giró la llave de la cerradura. Sacó el amarillento rollo de papiro, lo echó al fuego y lo aplastó con el tacón. Bellingham lanzó un alarido e intentó rescatarlo, pero Smith le empujó hacia atrás y permaneció vigilante hasta que lo vio reducido a una informe capa de ceniza gris.


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