Lote Número 249 (Arthur Conan Doyle) - pág.32
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Quizá tarde un poco, pero no te muevas hasta que baje.
-Soy una estatua.
Smith subió las escaleras, abrió la puerta de Bellingham y pasó al interior. Bellingham estaba sentado detrás de la mesa, escribiendo. A su lado, entre el revoltijo de sus extrañas posesiones, se alzaba la caja de la momia, con la etiqueta número 249 pegada todavía en la pared frontal y su repulsivo ocupante en el interior, rígido y tieso. Smith miró con precaución a su alrededor, cerró la puerta, echó el cerrojo y se dirigió hacia la chimenea. Después prendió una cerilla y encendió el fuego. Bellingham seguía sentado, mirándole atentamente, con una expresión de sorpresa y rencor en su abotargado rostro.
-Bien, por lo que veo te comportas como si estuvieras en tu propia casa -dijo con voz entrecortada.
Smith se sentó tranquilamente y colocó su reloj encima de la mesa. Después sacó el revólver, accionó el martillo y lo colocó sobre sus rodillas. A continuación sacó el largo cuchillo del interior de su chaqueta y lo lanzó sobre la mesa, delante de Bellingham.
-Ahora -dijo- vas a tener que ponerte a trabajar. Tienes que despedazar esa momia.
-Oh, ¿se trata de eso? -dijo Bellingham con una risa burlona.
-Sí, se trata de eso. Me han asegurado que la ley no puede hacer nada contra ti. Pero yo tengo una ley que pondrá las cosas en su sitio. Si dentro de cinco minutos no te has puesto manos a la obra, te juro por Dios que te atravesaré el cráneo de una balazo.
-¿Serías capaz de asesinarme?
Bellingham se había medio levantado y su rostro tenía ahora el color de la masilla.
-Sí.
-¿Por qué?
-Para evitar que cometas más crímenes. Ha pasado un minuto.
-Pero ¿qué he hecho?
-Los dos lo sabemos.
-Eso es una fanfarronada.
-Han pasado dos minutos.
-Pero tienes que darme alguna razón. Eres un loco... un loco peligroso. ¿Por qué voy a destrozar una cosa que es de mi propiedad? Es una momia muy valiosa.
-Pues tienes que cortarla en pedazos y quemarla.
-No haré tal cosa.
-Han pasado cuatro minutos.
Smith empuñó la pistola y miró a Bellingham con una expresión de inexorable determinación. Cuando la segunda manecilla del reloj avanzó, levantó la mano y colocó el dedo sobre el gatillo.
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