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Lote Número 249 (Arthur Conan Doyle) - pág.20

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Doy gracias a Dios por haberlo descubierto antes de que fuera demasiado tarde, porque iba a casarse con mi hermana.
-Todo eso está muy bien, Lee -dijo Abercrombie Smith secamente-. Pero todavía no sé si has dicho mucho más de lo que debías o demasiado poco.
-Te he hecho una advertencia.
-Si existiera un motivo real para la advertencia, ninguna promesa puede ligarte. Si yo descubro a un canalla que está dispuesto a volar un edificio con dinamita, no hay juramento que me impida evitarlo.
-Sí, pero es que yo no puedo evitarlo, y lo único que puedo hacer es advertirte a ti.
-Pero sin decirme contra qué me previenes.
-Contra Bellingham.
-Todo esto es una majadería. ¿Por qué iba a temer a Bellingham, o a cualquier otro hombre?
-No puedo decírtelo. Sólo te pido que cambies de habitaciones. Estás en peligro. No quiero decir que Bellingham tenga intención de causarte daño, pero podría suceder, porque precisamente ahora se ha vuelto un vecino peligroso.
-Quizá yo sepa más de lo que te imaginas -dijo Smith, mirando fijamente la cara seria y juvenil de aquel muchacho-. Supongamos que te digo que alguien comparte las habitaciones de Bellingham...

Monkhouse Lee saltó de su silla, presa de una emoción incontrolable.
-¿Lo sabes, entonces? -jadeó.
-Una mujer.
Lee se dejó caer de nuevo en su silla, con un gemido.
-Mis labios están sellados -dijo-. No debo hablar.
-Bueno, en cualquier caso -dijo Smith, levantándose- no es probable que pueda llegar a asustarme tanto como para abandonar unas habitaciones en las que me encuentro tan a gusto. Sería una debilidad por mi parte trasladarme con todas mis cosas sólo porque tú afirmes que Bellingham, de una manera inexplicable, pueda causarme algún daño. Correré el riesgo y me quedaré donde estoy. Veo que son casi las cinco, te ruego que me disculpes.
Se despidió del joven con algunas frases breves y emprendió el camino de regreso a casa envuelto en la suave atmósfera del atardecer de un día de primavera, sintiéndose medio enojado y medio divertido, como cualquier otro hombre fuerte y poco imaginativo que se ve amenazado por un vago y sombrío peligro.
Abercrombie Smith se permitía siempre una pequeña libertad a pesar de las rigurosas exigencias que le imponían sus estudios. Dos veces a la semana, los martes y los viernes, tenía la invariable costumbre de ir caminando hasta Farlingford, residencia del doctor Plumbtree Peterson, que se encontraba aproximadamente a una milla y media de Oxford.


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