Lote Número 249 (Arthur Conan Doyle) - pág.9
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-Bueno, es un maniático. Es su afición. Sabe más sobre estas cosas que cualquier hombre en Inglaterra. Yo preferiría que no supiera tanto... Creo que vuelve en sí.
Una pizca de color empezó a extenderse por las lívidas mejillas de Bellingham y sus párpados se estremecieron levemente, como la vela de una embarcación después de una calma chicha. Apretó y abrió las manos, respiró de forma profunda y lenta entre dientes, sacudió la cabeza y lanzó una mirada de reconocimiento a su alrededor. Cuando sus ojos se posaron en la momia, saltó del sofá, agarró el rollo de papiro y lo arrojó dentro de un cajón. Después lo cerró con llave y volvió tambaleándose al sofá.
-¿Qué ocurre? -preguntó-. ¿Qué queréis, muchachos?
-Te pusiste a gritar y armaste un jaleo de mil diablos -dijo Monkhouse Lee-. No sé lo que habría hecho contigo si nuestro vecino de arriba no hubiera acudido en tu ayuda.
Bellingham hundió la cabeza entre las manos y estalló en una recalcitrante risa histérica.
-¡Basta! ¡Déjalo ya! -exclamó Smith, sacudiéndole bruscamente la espalda-. Tienes los nervios de punta. Tienes que olvidar por esta noche esos juegos con las momias o acabarás chiflado. Ahora mismo estás como un hilo de telégrafo.
-Me pregunto -dijo Bellingham- si tú estarías tan sereno como yo si hubieses visto...
-¿Qué?
-¡Oh, nada! Me pregunto si serías capaz de permanecer de noche con una momia sin que se te alterasen los nervios. No dudo que tengas razón. Puede que haya trabajado demasiado últimamente, pero estoy bien ahora. No te vayas, por favor. Espera unos minutos, hasta que me haya tranquilizado.
-La atmósfera de la habitación está muy cargada -señaló Lee, abriendo la ventana y dejando que entrara el aire frío de la noche.
-Es resina balsámica -dijo Bellingham. Cogió una de las hojas secas que había encima de la mesa y la retorció encima del tubo de la lámpara. La hoja dejó escapar pesadas volutas de humo y la habitación se llenó de un aroma espeso y picante-. Esta es la planta sagrada... la planta de los sacerdotes -remarcó-. ¿Conoces algo de las lenguas orientales, Smith?
-Nada. Ni una palabra.
La respuesta pareció quitarle un peso de encima al egiptólogo.
-A propósito -continuó-, ¿cuánto tiempo transcurrió desde que bajaste hasta que recobré mis sentidos?
-No mucho. Cuatro o cinco minutos.
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