Lote Número 249 (Arthur Conan Doyle) - pág.5
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Una palabra llevó a otra y al final Norton terminó por aporrear las espaldas de su compañero con el bastón. Se produjo un alboroto tremendo, y ahora es un placer ver de qué manera mira Bellingham a Norton cuando se encuentran. ¡Por Júpiter, Smith, son casi las once!
-No hay prisa. Enciende otra pipa.
Librodot
-No puedo. Se supone que estoy entrenando. Estoy sentado aquí, chismorreando, cuando debería estar a salvo en la cama. Cogeré prestada tu calavera, si puedes prescindir de ella. Le dejé la mía a Williams durante un mes. Me llevaré también estos huesecillos del oído, si estás seguro de que no vas a necesitarlos. Muchas gracias. No me hace falta una maleta, puedo llevarlos perfectamente bajo el brazo. Buenas noches, amigo, y sigue mis consejos acerca de tu vecino.
Cuando dejó de oírse el eco de las pisadas de Hastie, que iba cargado con su botín anatómico por la tortuosa escalera, Abercrombie Smith arrojó la pipa al canasto de los papeles, acercó la silla a la lámpara y se sumergió en el estudio de un formidable mamotreto de tapas verdes, ilustrado con grandes mapas a colores de aquel extraño reino interior del cual somos monarcas incapaces y desventurados. Aunque nuevo en Oxford, no lo era en el estudio de la medicina, pues había trabajado cuatro años en Glasgow y en Berlín, y si pasaba el examen que se avecinaba, entraría a formar parte de la profesión médica. Con su boca grave y severa, su frente amplia y unos rasgos bien perfilados, aunque algo duros, era un hombre que si bien no tenía un talento brillante, era tan tenaz, tan paciente y enérgico que al final podía alcanzar a los genios más notables. Un hombre capaz de mantener su terreno entre escoceses y alemanes del norte no retrocede con facilidad. Smith había dejado una reputación en Glasgow y Berlín, y ahora se proponía hacer otro tanto en Oxford, si el trabajo duro y la abnegación se lo permitían.
Llevaba estudiando cerca de un ahora, y las manecillas del ruidoso reloj colocado en un lateral de la mesa iban rápidamente a juntarse encima del número doce, cuando un sonido inesperado llegó a los oídos del estudiante... un sonido agudo y estridente, como el jadeo dificultoso de un hombre sometido a una fuerte emoción. Smith dejó el libro y ladeó la cabeza para escuchar.
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