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El Jorobado (Arthur Conan Doyle) - pág.11

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Por consiguiente, tomé la lógica medida de visitar a la señorita Mornison, explicarle que tenía la absoluta certeza de que ella retenía datos que obraban en su poder y asegurarle que su amiga la señora Barclay podía verse en el banquillo, con peligro de una sentencia capital, a no ser que se aclarase la cuestión.
La señorita Mornison es una jovencita pequeña, con ojos tímidos y rubios cabellos, pero a la que no le faltan, ni mucho menos, astucia y sentido común. Después de hablar yo, reflexionó durante algún tiempo y acto seguido, volviéndose resueltamente hacia mí, comenzó una notable declaración, que procedo a condensarle.
-Prometí a mi amiga no decir nada al respecto, y una promesa es una promesa -dijo-. Pero si de veras puedo ayudarla cuando se encuentra bajo una acusación tan grave, y cuando su boca, pobrecita, se ve cerrada por la enfermedad, creo que estoy liberada de mi promesa. Yo le diré exactamente lo que ocurrió el lunes por la tarde.
Regresábamos a la misión de Watt Street a eso de las ocho y cuarto. En nuestro camino teníamos que pasar por Hudson Street, que es una calle muy tranquila. Sólo hay un farol en ella, en la acera izquierda y al acercarnos a él, vi venir hacia nosotros un hombre con la espalda muy encorvada y con algo semejante a una caja colgada de un hombro. Parecía deforme, pues caminaba con la cabeza gacha y las rodillas dobladas. Al cruzarnos con él, levantó la cara para mirarnos bajo el círculo de luz que proyectaba el farol; al hacerlo se detuvo y gritó con una voz terrible: «¡Dios mío, pero si es Nancy! La señora Barclay se volvió con una palidez total y se hubiera caído de no haberla sostenido aquel ser de tan horrendo aspecto. Me disponía a llamar a un guardia, cuando ella, con gran sorpresa por mi parte, dirigió educadamente la palabra al hombre.
-Durante estos treinta años te he creído muerto, Henry -le dijo con voz temblorosa.
-Y yo -contestó él.
Fue terrible oír el tono con el que pronunció estas palabras. Tenía un rostro muy moreno y tremebundo y un brillo en los ojos que todavía vuelvo a ver en sueños. Cabellos y patillas estaban entreverados de gris y tenía toda la cara arrugada y llena de surcos, como una manzana marchita.
-Sigue un rato tu camino, querida -me dijo la señora Barclay-.


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