Hidalgo de Reigate (Arthur Conan Doyle) - pág.16
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-No obstante, hay otro punto que es más sutil y ofrece mayor interés. Hay algo en común entre estas manos. Pertenecen a hombres con un parentesco sanguíneo. A ustedes, esto puede resultarles más obvio en las «e» de trazo griego, mas para mí hay varios detalles pequeños que indican lo mismo. No me cabe la menor duda de que se detecta un hábito familiar en estos dos especímenes de escritura. Desde luego, sólo les estoy ofreciendo en este momento los resultados más destacados de mi examen del papel. Había otras veintitrés deducciones que ofrecerían mayor interés para los expertos que para ustedes, y todas ellas tendían a reforzar la impresión en mi fuero interno de que la carta fue escrita por los Cunningham, padre e hijo.
»Llegado a este punto, mi siguiente paso fue, como es lógico, examinar los detalles del crimen y averiguar hasta qué punto podían ayudarnos. Fui a la casa con el inspector y vi allí todo lo que había por ver. La herida que presentaba el cadáver había sido producida, como pude determinar con absoluta certeza, por un disparo de revólver efectuado a una distancia de poco más de cuatro yardas. No había en las ropas ennegrecimiento causado por la pólvora. Por consiguiente, era evidente que Alec Cunningham había mentido al decir que los dos hombres estaban forcejeando cuando se hizo el disparo. Asimismo, padre e hijo coincidieron respecto al lugar por donde el hombre escapó hacia la carretera. En realidad, sin embargo, en este punto hay una zanja algo ancha, con humedad en el fondo. Puesto que en esta zanja no había ni traza de huellas de botas, tuve la absoluta seguridad, no sólo de que los Cunningham habían mentido otra vez, sino también de que en el lugar del crimen nunca hubo ningún desconocido.
»Y ahora tenía que considerar el motivo de este crimen singular. Para llegar a él, ante todo procuré aclarar el motivo del primer robo en casa del señor Acton.
Por algo que nos había dicho el coronel, yo tenía entendido que existía un litigio judicial entre usted, señor Acton, y los Cunningham. Desde luego, se me ocurrió al instante que éstos habían entrado en su biblioteca con la intención de apoderarse de algún documento que pudiera tener importancia en el pleito.
-Precisamente -dijo el señor Acton-. No puede haber la menor duda en cuanto a sus intenciones.
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