Hidalgo de Reigate (Arthur Conan Doyle) - pág.11
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-¿A qué hora se acuestan los sirvientes?
-Alrededor de las diez.
-Tengo entendido que, a esa hora, William solía encontrarse también en la cama.
-Sí.
-Es curioso que precisamente esta noche hubiera estado levantado. Y ahora, señor Cunningham, le ruego tenga la amabilidad de enseñarnos la casa.
Un pasillo enlosado, a partir del cual se ramificaban las cocinas, y una escalera de madera conducían directamente al primer piso de la casa, con un rellano opuesto a una segunda escalera, más ornamental, que desde el vestíbulo principal ascendía a las plantas su-periores. Daban a ese rellano el salón y varios dormitorios inclusive los del señor Cunningham y su hijo. Holmes caminaba despacio, tomando buena nota de la arquitectura de la casa. Yo sabia, por su expresión, que seguía una pista fresca y, sin embargo, no podía ni imaginar en qué dirección le conducían sus inferencias.
-Mi buen señor -dijo el mayor de los Cunningham con cierta impaciencia-y seguro que todo esto es perfectamente innecesario. Esta es mi habitación, al pie de la escalera, y la de mi hijo es la contigua. Dejo a su buen juicio dictaminar si es posible que el ladrón llegara hasta aquí sin que nosotros lo advirtiéramos.
-Tengo la impresión de que debería buscar en otra parte una nueva pista -observó el hijo con una sonrisa maliciosa.
-A pesar de todo, debo pedirles que tengan un poco más de paciencia conmigo. Me gustaría ver, por ejemplo, hasta qué punto las ventanas de los dormitorios dominan la parte frontal de la casa. Según creo, éste es el cuarto de su hijo -abrió la puerta correspondiente y éste, supongo, es el cuarto vestidor en el que él estaba sentado, fumando, cuando se dio la alarma. ¿A dónde mira su ventana?
Cruzó el dormitorio, abrió la otra puerta y dio un vistazo al otro cuarto.
-Espero que con esto se sienta satisfecho -dijo el señor Cunningham sin ocultar su enojo.
-Gracias. Creo haber visto todo lo que deseaba.
-Entonces, si realmente es necesario, podemos ir a mi habitación.
-Si no es demasiada molestia...
El juez se encogió de hombros y nos condujo a su dormitorio, que era una habitación corriente y amueblada con sencillez. Al avanzar hacia la ventana, Holmes se rezagó hasta que él y yo quedamos los últimos del grupo. Cerca del pie de la cama había una mesita cuadrada y sobre ella una fuente con naranjas y un botellón de agua.
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