Hidalgo de Reigate (Arthur Conan Doyle) - pág.4
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-Supongo que se trata de algún delincuente local
-dijo el coronel-. Y en este caso, desde luego, las mansiones de Acton y Cunningham son precisamente los lugares a los que se dedicaría, puesto que son con mucho las más grandes de aquí.
-¿ Y las más ricas?
-Deberían serlo, pero durante años han mantenido un pleito judicial que, según creo, ha de haberles chupado la sangre a ambas. El anciano Acton reivindica la mitad de la finca de Cunningham, y los abogados han intervenido de lo lindo.
-Si se trata de un delincuente local, no sería muy difícil echarle el guante -dijo Holmes con un bostezo-. Está bien, Watson, no tengo la intención de entrometerme.
-El inspector Forrester, señor -anunció el mayordomo, abriendo la puerta.
El oficial de policía, un joven apuesto y de rostro inteligente, entró en la habitación.
-Buenos días, coronel -dijo-. Espero no cometer una intrusión, pero hemos oído que el señor Holmes, de Baker Street, se encuentra aquí.
El coronel movió la mano hacia mi amigo, y el inspector se inclinó.
-Pensamos que tal vez le interesara intervenir, señor Holmes.
-El hado está contra usted, Watson -dijo éste, riéndose-. Hablábamos de esta cuestión cuando usted ha entrado, inspector. Acaso pueda darnos a conocer algunos detalles.
Cuando Holmes se repantigó en su sillón con aquella actitud ya familiar, supe que la situación no admitía esperanza.
-En el caso Acton no teníamos ninguna pista, pero aquí las tenemos en abundancia; no cabe duda de que se trata del mismo responsable en cada ocasión. El hombre ha sido visto.
-Si, señor. Pero huyó rápido como un ciervo después de disparar el tiro que mató al pobre William Kirwan. El señor Cunningham lo vio desde la ventana del dormitorio, y el señor Alec Cunningham desde el pasillo posterior. Eran las doce menos cuarto cuando se dio la alarma. El señor Cunningham acababa de acostarse y el joven Alec, ya en bata, fumaba en pipa. Ambos oyeron a William, el cochero, gritar pidiendo auxilio, y el joven Alec fue corriendo a ver qué ocurría. La puerta de detrás estaba abierta y, al llegar al pie de la escalera, vio que dos hombres forcejeaban afuera. Uno de ellos hizo un disparo, el otro cayó, y el asesino huyó corriendo a través del jardín y saltando el seto. El señor Cunningham, que miraba desde la ventana de su habitación, vio al hombre cuando llegaba a la carretera, pero en seguida lo perdió de vista.
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