Estudio en Escarlata (Arthur Conan Doyle) - pág.44
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Así supe la dirección del muerto.
-Hábil... ¡Muy hábil! -murmuró Sherlock Holmes.
-A continuación pregunté por madame Charpentier -prosiguió el detective-. Estaba pálida y parecía preocupada. Su hija, una muchacha de belleza notable, dicho sea de paso, se hallaba con ella en la habitación; tenía los ojos enrojecidos, y cuando le interpelé sus labios comenzaron a temblar. Tomé buena nota de ello. Empezaba a olerme la cosa a chamusquina. Conoce usted por experiencia, señor Holmes, la sensación que invade a un detective cuando al fin se halla en buen camino. Es un hormigueo muy especial.
»-¿Está usted enterada de la misteriosa muerte de su último inquilino, el señor Enoch J. Drebber, de Cleveland? -pregunté.
»La madre asintió, incapaz de decir palabra. La muchacha rompió a llorar. Tuve más que nunca la sensación de que aquella gente no era ajena a lo ocurrido.
»-¿A qué hora partió el señor Drebber hacia la estación? -añadí.
»-A las ocho -contestó ella, tragando saliva para dominar el nerviosismo-. Su secretario, el señor Stangerson, dijo que había dos trenes, uno a las 9,15 y otro a las 11. Tenía pensado coger el primero.
»-¿Y no volvió a verlo?
»Una mutación terrible se produjo en el semblante de la mujer. Sus facciones adquirieron palidez extra-ordinaria. Pasaron varios segundos antes de que pudiera articular la palabra "no", y aun entonces fue ésta pronunciada en tono brusco, poco natural.
»Se hizo el silencio, roto al cabo por la voz firme y tranquila de la muchacha.
»-A nada, madre, conduce el mentir -dijo-. Seamos sinceras con este caballero. Vimos de nuevo al señor Drebber.
»-¡Dios sea misericordioso!- gritó la madre echando los brazos a lo alto y dejándose caer en la butaca-. ¡Acabas de asesinar a tu hermano!
»-Arthur preferiría siempre que dijésemos la verdad- repuso enérgica la joven.
»-Será mejor que hablen por lo derecho -tercié yo-. Con las medias palabras no se adelanta nada. Además, ignoran ustedes hasta dónde llega nuestro conocimiento del caso.
»-¡Tú lo has querido, Alice!- exclamó la madre, y volviéndose hacia mí, añadió-: No le ocultaré nada, señor. No atribuya mi agitación a temor sobre la parte desempeñada por mi hijo en este terrible asunto. Es absolutamente inocente. Me asusta tan sólo que a los ojos de usted o de los demás pueda parecer que le toca alguna culpa.
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