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Estudio en Escarlata (Arthur Conan Doyle) - pág.38

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Página 38 de 109


-¡El Señor sea alabado! -exclamó la mujer-. Feliz noche le aguarda hoy a Sally... Éste es el anillo.
-¿Tendría la bondad de darme su dirección? -inquirí, tomando un lápiz.
-Duncan Street 13, Houndsditch. Muy a desmano de aquí.
-La calle Brixton no queda entre Houndsditch y circo alguno -terció entonces Sherlock Holmes, cortante.
La anciana dio media vuelta, mirándole vivamente con sus ojillos enrojecidos.
-El caballero pedía razón de mis señas -dijo-. Sally vive en el 3 de Mayfield Place, Peckham.
-¿Su apellido es..?
-Mi apellido es Sawyer, y el de ella Dennis, Dennis por Tom Dennis, su marido, un chico apañadito mientras está navegando -los jefes, por cierto, lo traen en palmitas-, pero no tanto en tierra, a causa de las mujeres y los bares...
-Aquí tiene usted el anillo, señora Sawyer -interrumpí de acuerdo con una seña de mi compañero-; no dudo que pertenece a su hija, y me complace devolverlo a su legítimo dueño.
Con mucho sahumerio de bendiciones, y haciendo protestas de gratitud, aquella ruina se embolsó el ani­llo, deslizándose después escaleras abajo. En ese mismo instante Sherlock Holmes saltó literalmente de su asiento y acudió veloz a su cuarto. Transcurridos apenas unos segundos apareció envuelto en un abrigo largo y amplio, de los llamados Ulster, y vestido el cuello con una bufanda.
-Voy a seguirla -me espetó a bocajarro-; se trata sin duda de un cómplice que nos conducirá hasta nuestro hombre. ¡Aguarde aquí mi vuelta!
Apenas si la puerta principal se había cerrado tras el paso de nuestra visitante, cuando Holmes se precipi­tó escaleras abajo. A través de la ventana pude observar a la vieja caminando penosamente a lo largo de la acera opuesta, mientras mi amigo la perseguía a una prudencial distancia.
-O es todo un disparate -pensé-, o esta mujer le llevará a la entraña del misterio.
No necesitaba Holmes haberme dicho que le aguardara en pie, puesto que jamás habría podido conciliar el sueño hasta conocer el desenlace de la aventura.
Holmes había partido al filo de las nueve. No teniendo noción de cuando volvería, decidí matar el tiempo aspirando estúpidamente el humo de mi pipa mientras fingía leer la Vie de Bohème de Henri Murger. Die-ron las diez y oí los pasos de la sirviente camino de su dormitorio. Sonaron las once, y el más cadencioso taconeo del ama de llaves cruzó delante de mi puerta, en dirección también a la cama.


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