Estudio en Escarlata (Arthur Conan Doyle) - pág.36
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Sospecho que se le cayó al suelo cuando se inclinaba sobre el cadáver, y que al pronto no lo echó en falta. Después de abandonar la casa y descubrir su pérdida, dio presurosa marcha atrás, pero la Policía había sido atraída ya a causa de la vela, que tontamente había dejado encendida. Se fingió borracho para despejar las sospechas acaso despertadas por su presencia en la cancela. Ahora, póngase en el pellejo de nuestro personaje. Revisando el caso, le habrá dado por pensar que el extravío ha podido producirse en la calle, fuera ya de la casa. ¿Qué hacer entonces? Sin duda ha consultado afanosamente los periódicos de la tarde, en la esperanza de hallar razón del objeto perdido. Mi anuncio no ha podido escapar a su atención. Estará ahora felicitándose de su suerte. ¿Por qué recelar una trampa? Desde su punto de vista, ninguna relación puede establecerse entre el hallazgo del anillo y el asesinato. Es probable que venga..., mejor aún, es inevitable. Aquí le tendremos antes de una hora.
-¿Y después? -dije.
-Déjelo de mi cuenta... ¿Dispone usted de algún arma?
-Mi viejo revólver de soldado y unos cuantos cartuchos. -Pues ya está usted limpiando ese revólver y poniendo los cartuchos en la recámara. Nuestro visitante es un hombre desesperado, sin nada que perder; acaso no baste el cogerlo desprevenido.
Fui a mi alcoba e hice lo que se me había aconsejado. Cuando volví con la pistola estaba ya la mesa despejada y Holmes, como otras veces, mataba el tiempo arañando las cuerdas de su violín.
-Cada vez es más espesa la maraña -observó al verme entrar-. Acabo de recibir desde América contestación a mi telegrama, y resulta que me hallaba en lo cierto.
-Explíquese -pedí entonces, impaciente.
-Este violín requiere cuerdas nuevas -dijo evasivamente Holmes-. En fin, métase la pistola en el bolsillo, y cuando se nos presente aquí ese pájaro, háblele sosegadamente. Yo me ocupo del resto. Evite las miradas insistentes, no vaya a despertar en él sospechas.
-Son en este instante exactamente las ocho -comenté, mirando el reloj.
-Estará probablemente aquí pasados unos minutos. Deje la puerta entreabierta. Así... Ahora, introduzca la llave por la parte de dentro. ¡Gracias! Encontré ayer esta rareza en un puesto de libros de lance... Se trata de De Jure ínter Gentes impreso en latín por una casa de Lieja, en los Países Bajos, allá por el año 1642.
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