Estudio en Escarlata (Arthur Conan Doyle) - pág.20
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-No olvide su sombrero -dijo.
-¿Desea usted que le acompañe?
-Sí, si no se le ocurre nada mejor que hacer.
Un momento después nos hallábamos instalados en un coche, en rápida carrera hacia el camino de Brix-ton.
Se trataba de una de esas mañanas brumosas en que los cendales de niebla, suspendidos sobre los tejados y azoteas, parecen copiar el sucio barro callejero. Estaba Holmes de excelente humor, no cesando de abundar en asuntos tales como los violines de Cremona o la diferencia que media entre un Stradivarius y un Amati. En cuanto a mí, no abrí la boca, ya que el tiempo melancólico y el asunto fúnebre que nos solicitaba no eran a propósito para levantarle a uno el ánimo.
-Parece usted tener el pensamiento muy lejos del caso que se trae entre manos -dije al cabo, interrumpiendo la cháchara musical de Holmes.
-Faltan datos -repuso-. Es un error capital precipitarse a edificar teorías cuando no se halla aún reunida toda la evidencia, porque suele salir entonces el juicio combado según los caprichos de la suposición primera.
-Los datos no van a hacerse esperar -observé, extendiendo el índice-; esta calle es la de Brixton y aquélla la casa, a lo que parece.
-En efecto. ¡Pare, cochero, pare!
Unas cien yardas nos separaban todavía de nuestro destino, pese a lo cual Holmes porfió en apearse del coche y hacer andando lo que restaba de camino.
El número tres de Lauriston Gardens ofreció un aspecto entre amenazador y siniestro. Formaba parte de un grupo de cuatro inmuebles sitos algo a trasmano de la carretera, dos de ellos habitados y vacíos los restantes. Las fachadas de estos últimos estaban guarnecidas de tres melancólicas hileras de ventanas, tan polvorientas y cegadas que no habría resultado fácil distinguir unas de otras a no ser porque, de trecho en trecho, podía verse, como una catarata crecida en la oquedad de un ojo, el cartel de Se alquila». Unos jardincillos salpicados de cierta vegetación anémica y escasa ponían tierra entre la calle y los portales, a los que se accedía por unos senderos estrechos, compuestos de una sustancia amarillenta que parecía ser mezcla de arcilla y grava. La lluvia caída durante la noche había convertido el paraje en un barrizal. El jardín se hallaba ceñido por un muro de ladrillo, de tres pies de altura y somero remate de madera; sobre este cercado o empalizada descansaba su macicez un guardia, rodeado de un pequeño grupo de curiosos, quienes, castigando inútilmente la vista y el cuello, hacían lo imposible por alcanzar el interior del recinto.
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