Estudio en Escarlata (Arthur Conan Doyle) - pág.7
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-Parece usted un almanaque viviente de hechos criminales -apuntó Stamford con una carcajada-. ¿Por qué no publica algo? Podría titularlo Noticiario policiaco de tiempos pasados».
-No sería ningún disparate -repuso Sherlock Holmes poniendo un pedacito de parche sobre el pinchazo-. He de andar con tiento -prosiguió mientras se volvía sonriente hacia mí-, porque manejo venenos con mucha frecuencia.
Al tiempo que hablaba alargó la mano, y eché de ver que la tenía moteada de parches similares y descolorida por el efecto de ácidos fuertes.
-Hemos venido a tratar un negocio -dijo Stamford tomando asiento en un elevado taburete de tres patas, y empujando otro hacia mí con el pie-. Este señor anda buscando dónde cobijarse, y como se lamentaba usted de no encontrar nadie que quisiera ir a medias en la misma operación, he creído buena la idea de reunirlos a los dos.
A Sherlock Holmes pareció seducirle el proyecto de dividir su vivienda conmigo.
-Tengo echado el ojo a unas habitaciones en Baker Street -dijo-, que nos vendrían de perlas. Espero que no le repugne el olor a tabaco fuerte. -No gasto otro -repuse. -Hasta ahí vamos bastante bien. Suelo trastear con sustancias químicas y de vez en cuanto realizo algún experimento. ¿Le importa?
-En absoluto.
-Veamos..., cuáles son mis otros inconvenientes. De tarde en tarde me pongo melancólico y no despego los labios durante días. No lo atribuya usted nunca a mal humor o resentimiento. Déjeme sencillamente a mi aire y verá qué pronto me enderezo. En fin, ¿qué tiene usted a su vez que confesarme? Es aconsejable que dos individuos estén impuestos sobre sus peores aspectos antes de que se decidan a vivir juntos.
Me hizo reír semejante interrogatorio. -Soy dueño de un cachorrito -dije-, y desapruebo los estrépitos porque mis nervios están destrozados... y me levanto a las horas más inesperadas y me declaro, en fin, perezoso en extremo. Guardo otra serie de vicios para los momentos de euforia, aunque los enumerados ocupan a la sazón un lugar preeminente.
-¿Entra para usted el violín en la categoría de lo estrepitoso? -me preguntó muy alarmado.
-Según quién lo toque -repuse-. Un violín bien tratado es un regalo de los dioses, un violín en manos poco diestras...
-Magnífico -concluyó con una risa alegre-. Creo que puede considerarse el trato zanjado..., siempre y cuando dé usted el visto bueno a las habitaciones.
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