El espanto de la cueva de Juan Azul (Arthur Conan Doyle) - pág.7
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Sin embargo, no tardé en recobrar mi serenidad, reflexionando en lo absurdo que resultaba el asociar aquella enorme y disforme marca con la pisada de alguno de los animales conocidos. Ni siquiera un elefante habría podido producirla. Me dije, pues, que ningún miedo difuso e irracional me impediría llevar a delante mi exploración. Antes de seguir adelante, tomé buena nota de una curiosa formación de rocas que había en la pared y que me serviría para reconocer la entrada al túnel romano. Era una precaución muy necesaria, porque la gran cueva, por lo que yo podía advertir, estaba cortada por diferentes pasillos. Una vez adquirida la seguridad de mi situación, y reafirmado mi ánimo mediante el examen de las velas de repuesto y de las cerillas que llevaba, avancé con lentitud por la superficie rocosa y desigual de la cueva.
Llego ahora al punto en que me ocurrió el inesperado e irreparable desastre. Encontré cortado mi camino por una corriente de agua de unos veinte pies de anchura, y caminé un trecho por la orilla, a fin de descubrir algún sitio en el que pudiera cruzarla sin descalzarme. Llegué, por último, a un lugar en el que una única piedra plana que quedaba hacia la mitad sobresalía del agua y a la que yo calculé podría llegar de una sola zancada. Pero la roca había sido comida por las aguas en su base, de modo que, al poner yo en ella mi pie, se tumbó de costado y me precipitó dentro de aquellas aguas extremadamente heladas. Se me apagó la vela, y me encontré tanteando en medio de una oscuridad total y absoluta.
Volví a ponerme de pie, más bien divertido que alarmado por mi aventura. La vela se me había escapado de las manos perdiéndose en el arroyo, pero llevaba en el bolsillo otras dos, y saqué mi caja de cerillas para encender una. Sólo entonces comprendí mi situación. Al caer yo al agua, la caja de cerillas había resultado empapada, y me fue imposible encender alguna.
Al comprender mi estado sentí como que una mano de hielo me apretaba el corazón. La oscuridad era opaca y horrible. Resultaba tan absoluta que, al levantar la mano para acercarla a la cara producía la impresión de que se palpaba una cosa sólida. Permanecí sin moverme, y logré, mediante un esfuerzo de voluntad, recobrar la calma. Traté de rehacer en mi mente un mapa del suelo de la caverna tal como lo había visto hacía un instante.
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