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El caso de los siete relojes (Arthur Conan Doyle)

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El caso de los siete reloje
Arthur Conan Doyle


Encuentro anotado en mi libro de apuntes que fue en la tarde del miércoles 16 de noviembre de 1887, cuando la atención de mi amigo Mr. Sherlock Holmes fue atraída por el singular hombre que odiaba a los relojes.
He escrito en alguna parte que solamente oí un vago relato del asunto pues ocurrió poco después de mi boda. En realidad, en mi aseveración había ido tan lejos como para precisar que mi primera visita, después de mi boda, a Holmes, fue en marzo del año siguiente. Pero el caso en cuestión era tan extremadamente delicado, que confío que mis lectores sabrán excusar que fuera suprimido por una pluma que se guió siempre por la discreción antes que por el sensacionalismo.
Pocas semanas después de mi boda, mi esposa tuvo que abandonar Londres para un asunto que concernía a Taddeus Soltó y afectaba vitalmente a nuestro futuro destino. Resultándome insoportable nuestro hogar sin su presencia volví por ocho días a las antiguas habitaciones de la Calle Baker. Sherlock Holmes me recibió cordialmente, sin formular comentarios o preguntas. No obstante debo confesar que al siguiente día, que era el 16 de noviembre, comenzó bajo malos auspicios.
Hacía un tiempo desagradable, y helado por demás. Durante toda la mañana, la pardiamarillenta niebla se apelotonó contra las ventanas. Ardían las lámparas y los reverberos de gas, así como un buen fuego en la chimenea, y su resplandor se expandía sobre la mesa de la que, pasado ya el mediodía, aún no había sido retirado el servicio del desayuno.
Sherlock Holmes se hallaba pensativo y distraído. Retrepado en su sillón, arropado en un batín de color de piel de topo y con una pipa de madera de cerezo en la boca, hojeaba los periódicos de la mañana haciendo de cuanto en cuanto un comentario irónico.
-¿Encuentra usted pocos asuntos de interés? -le pregunté.
-Mi querido Watson -respondió-, comienzo a temer que la vida se ha convertido en una rasa y monótona llanura, desde el caso del famoso Blessington.
-Sin embargo -repliqué-, éste ha sido un año de casos memorables. Se halla usted sobrestimulado, mi querido compañero.
-¡Palabra, Watson, que no es usted precisamente el hombre más indicado para predicar sobre el tema! Anoche, después que me aventurara a ofrecerle una botella de Beaune en la cena, sostuvo usted tan denotadamente la tesis sobre las alegrías que proporciona el himeneo, que temí no debiera usted haberlo contraído.


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