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Las aventuras de Sherlock Holmes (Arthur Conan Doyle) - pág.34

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Yo había llegado ya a la conclusión de que se había quedado dormido, y de hecho yo mismo empezaba a dar cabezadas, cuando de pronto saltó de su asiento con el gesto de quien acaba de tomar una resolución, y dejó la pipa sobre la repisa de la chimenea.
-Esta noche toca Sarasate en el St. James Hall -comentó-. ¿Qué le parece, Watson? ¿Podrán sus pa­cientes prescindir de usted durante unas pocas horas?
-No tengo nada que hacer hoy. Mi trabajo nunca es muy absorbente.
-Entonces, póngase el sombrero y venga. Antes tengo que pasar por la City, y podemos comer algo por el camino. He visto que hay en el programa mucha música alemana, que resulta más de mi gusto que la italiana o la francesa. Es introspectiva yyo quiero reflexionar. ¡En marcha!
Viajamos en el Metro hasta Aldersgate, y una corta caminata nos llevó a Saxe-Coburg Square, escena­rio de la singular historia que habíamos escuchado por la mañana. Era una placita insignificante, pobre pero de aspecto digno, con cuatro hileras de desvencijadas casas de ladrillo, de dos pisos, rodeando un jardincito vallado, donde un montón de hierbas sin cuidar y unas pocas matas de laurel ajado mantenían una dura lucha contra la atmósfera hostil y cargada de humo. En la esquina de una casa, tres bolas doradas y un ró­tulo marrón con las palabras «JABEZ WILSON en letras de oro anunciaban el local donde nuestro peli­rrojo cliente tenía su negocio. Sherlock Holmes se detuvo ante la casa, con la cabeza ladeada, y la examinó atentamente, con los ojos brillándole bajo los párpados fruncidos. A continuación, caminó despacio calle arriba y calle abajo, sin dejar de examinar las casas. Por último, regresó frente a la tienda del prestamista y, después de dar dos o tres fuertes golpes en el suelo con el bastón, se acercó a la puerta y llamó. Abrió al instante un joven con cara de listo y bien afeitado, que le invitó a entrar.
-Gracias -dijo Holmes-. Sólo quería preguntar por dónde se va desde aquí al Strand.
-La tercera a la derecha y la cuarta a la izquierda -respondió sin vacilar el empleado, cerrando a conti­nuación la puerta.
-Un tipo listo -comentó Holmes mientras nos alejábamos-. En mi opinión, es el cuarto hombre más inteligente de Londres; y en cuanto a audacia, creo que podría aspirar al tercer puesto.


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