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Las aventuras de Sherlock Holmes (Arthur Conan Doyle) - pág.2

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De vez en cuando, me llegaba alguna vaga noti­cia de sus andanzas: su viaje a Odesa para intervenir en el caso del asesinato de Trepoff, el esclarecimiento de la extraña tragedia de los hermanos Atkinson en Trincomalee y, por último, la misión que tan discreta y eficazmente había llevado a cabo para la familia real de Holanda. Sin embargo, aparte de estas señales de actividad, que yo me limitaba a compartir con todos los lectores de la prensa diaria, apenas sabía nada de mi antiguo amigo y compañero.
Una noche -la del 20 de marzo de 1888- volvía yo de visitar a un paciente (pues de nuevo estaba ejer­ciendo la medicina), cuando el camino me llevó por Baker Street. Al pasar frente a la puerta que tan bien recordaba, y que siempre estará asociada en mi mente con mi noviazgo y con los siniestros incidentes del Estudio en escarlata, se apoderó de mí un fuerte deseo de volver a ver a Holmes y saber en qué empleaba sus extraordinarios poderes. Sus habitaciones estaban completamente iluminadas, y al mirar hacia arriba vi pasar dos veces su figura alta y delgada, una oscura silueta en los visillos. Daba rápidas zancadas por la habitación, con aire ansioso, la cabeza hundida sobre el pecho y las manos juntas en la espalda. A mí, que conocía perfectamente sus hábitos y sus humores, su actitud y comportamiento me contaron toda una histo­ria. Estaba trabajando otra vez. Había salido de los sueños inducidos por la droga y seguía de cerca el rastro de algún nuevo problema. Tiré de la campanilla y me condujeron a la habitación que, en parte, había sido mía.
No estuvo muy efusivo; rara vez lo estaba, pero creo que se alegró de verme. Sin apenas pronunciar pa-labra, pero con una mirada cariñosa, me indicó una butaca, me arrojó su caja de cigarros, y señaló una bote­lla de licor y un sifón que había en la esquina. Luego se plantó delante del fuego y me miró de aquella ma­nera suya tan ensimismada.
-El matrimonio le sienta bien -comentó-. Yo diría, Watson, que ha engordado usted siete libras y media desde la última vez que le vi.
-Siete -respondí.
-La verdad, yo diría que algo más. Sólo un poquito más, me parece a mí, Watson. Y veo que está ejer­ciendo de nuevo. No me dijo que se proponía volver a su profesión.


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