La aventura del Puente de Thor (Arthur Conan Doyle) - pág.11
Indice General
|
Volver
Página 11 de 24
–Bueno, en primer lugar, otras personas dependían de ella, y no era fácil para ella echarlas a todas al sacrificar su modo de ganarse la vida. Cuando juré –como hice– que no la volvería a molestar, consintió en quedarse. Pero había otra razón. Ella conocía la influencia que tenía sobre mí, y que ésta era más fuerte que ninguna otra en el mundo. Ella quería usarla para bien.
–¿Cómo?
–Bueno, sabía algo de mis negocios. Son muy grandes, señor Holmes, más de lo que creería cualquier persona normal. Puedo elevar o destruir, y suele ocurrir que destruya. No sólo individuos. Eran comunidades, ciudades, incluso naciones. El negocio es un juego duro, y los débiles acaban contra la pared. Jugué el juego por todo lo que valía. Nunca chillé y nunca me importó que el otro chillara. Pero ella lo veía de otro modo. Creo que tenía razón. Creía y decía que una fortuna para un solo hombre, siendo más de lo que necesitaba, no debería construirse sobre diez mil hombres arruinados que quedaban sin medios de vida. Así es como lo veía, y creo que era capaz de ver más allá de los dólares, algo más duradero. Se dio cuenta de que yo hacía caso de lo que decía, y creyó que serviría al mundo influyendo en mis acciones. Así se quedó…, y entonces ocurrió esto.
–¿Puede usted arrojar alguna luz sobre ello?
El Rey del Oro se detuvo más de un minuto, con la cabeza entre las manos, perdido en profundos pensamientos.
–Está muy negro contra ella. No lo puedo negar. Y las mujeres tienen una vida interior y pueden hacer cosas que escapan al juicio de un hombre. Al principio yo me quedé tan trastornado y abrumado que estaba dispuesto a creer que ella se había dejado llevar de algún modo extraño que iba contra su naturaleza. Una sola explicación se me ocurrió. Se la doy, señor Holmes, por lo que pueda valer. No hay duda de que mi mujer estaba terriblemente celosa. Hay unos celos del alma que pueden ser tan frenéticos como los celos del cuerpo, y aunque mi mujer no tenía razón –y creo que la entendía– para estos últimos, se daba cuenta de que esa chica inglesa ejercía un influjo en mi ánimo y en mis actos que ella misma no logró nunca. Era una influencia para bien, pero eso no arreglaba el asunto.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
>>>
|