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La aventura del detective agonizante (Arthur Conan Doyle) - pág.9

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Es un
Librodo

aficionado del crimen, como yo de la enfermedad. Para él, el delincuente; para mí, el microbio. Ahí están mis prisiones -continuó, señalando una hilera de botellas y tarros en una mesita lateral-. Entre esos cultivos de gelatina, están cumpliendo su condena algunos de los peores delincuentes del mundo.
-Por su especial conocimiento del tema, es por lo que deseaba verle el señor Holmes. Tiene una elevada opinión de usted, y pensó que era la única persona en Londres que podría ayudarle.
El hombrecillo se sobresaltó, y la elegante gorrita resbaló al suelo.
-¿Por qué? -preguntó-. ¿Por qué iba a pensar el señor Holmes que yo le podía ayudar en su dificultad?
-Por su conocimiento de las enfermedades orientales.
-Pero ¿por qué iba a pensar que esa enfermedad que ha contraído es oriental?
-Porque en unas averiguaciones profesionales, ha trabajado con unos marineros chinos en los muelles.
-El señor Culverton Smith sonrió agradablemente y recogió su gorrita.
-Ah, es eso -dijo-, ¿es eso? Confío en que el asunto no sea tan grave como usted supone. ¿Cuánto tiempo lleva enfermo?
-Unos tres días.
-¿Con delirios?
-De vez en cuando.
-¡Vaya, vaya! Eso parece serio. Sería inhumano no responder a su llamada. Lamento mucho esta interrupción en mi trabajo, doctor Watson, pero este caso ciertamente es excepcional. Iré con usted enseguida.
Recordé la indicación de Holmes.
-Tengo otro recado que hacer -dije.
-Muy bien. Iré solo. Tengo anotada la dirección del señor Holmes. Puede estar seguro de que estaré allí antes de media hora.
Volví a entrar en la alcoba de Holmes con el corazón desfalleciente. Tal como lo dejé, en mi ausencia podía haber ocurrido lo peor. Para mi enorme alivio, había mejorado mucho en el intervalo. Su aspecto era tan espectral como antes, pero había desaparecido toda huella de delirio y hablaba con una voz débil, en verdad, pero con algo de su habitual claridad y lucidez.
-Bueno, ¿le ha visto, Watson?
-Si, ya viene.
-¡Admirable, Watson! ¡Admirable! Es usted el mejor de los mensajeros.
-Deseaba volver conmigo.
-Eso no hubiera valido, Watson. Sería obviamente imposible. ¿Preguntó que enfermedad tenía yo?
-Le hablé de los chinos en el East End.
-¡Exactamente! Bueno, Watson, ha hecho todo lo que podía hacer un buen amigo.


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