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La aventura del colegio Priory (Arthur Conan Doyle) - pág.20

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Por la carretera de la izquierda.
No nos quitó de encima sus ojos huraños hasta que salimos de su establecimiento.
No llegamos muy lejos por la carretera, ya que Holmes se detuvo en cuanto la curva nos ocultó de la vista del posadero.
-Como dicen los niños, en esa posada se estaba caliente, caliente -dijo-. A cada paso que doy alejándome de ella, me siento más frío. No, no; de aquí yo no me marcho.
-Estoy convencido -dije yo- de que ese Reuben Hayes lo sabe todo. En mi vida he visto un bandido al que se le note tanto.
-¡Vaya! ¿Esa impresión le dio, eh? Y además, tenemos los caballos, y tenemos la herrería. Sí, señor, un sitio muy interesante este «Gallo de Pelea. Creo qué deberíamos echarle otro vistazo sin molestar a nadie.
Detrás de nosotros se extendía una prolongada ladera, salpicada de peñascos de caliza gris. Habíamos salido de la carretera y empezábamos a subir la cuesta cuando, al mirar en dirección a la mansión Holdernesse, vi un ciclista que se acercaba a toda velocidad.
-¡Agáchese, Watson! -exclamó Holmes, posando una pesada mano sobre mi hombro.
Apenas nos había dado tiempo a ocultarnos cuando el ciclista pasó como un rayo ante nosotros. En medio de una turbulenta nube de polvo pude vislumbrar un rostro pálido y agita­do, con la boca abierta y los ojos mirando enloquecidos hacia delante. Era como una extraña caricatura del impecable James Wilder que habíamos conocido la noche anterior.
-¡El secretario del duque! -exclamó Holmes-. ¡Vamos, Watson, a ver qué hace!
Nos escabullimos de roca en roca y en pocos momentos alcanzamos una posición desde la que podíamos divisar la puerta delantera de la posada. Junto a ella, apoyada en la pared, estaba la bicicleta de Wilder. No se advertía ningún movimiento en la casa ni pudimos distinguir ningún rostro en las ventanas.
Poco a poco, el crepúsculo fue avanzando y el sol hundiéndose tras las altas torres de Holdernesse Hall. Entonces, en la oscuridad, vimos que en el patio de la posada se encendían los dos faroles laterales de un carricoche y poco después oímos el repicar de los cascos, mientras el coche salía a la carretera y se alejaba a galope tendido en dirección a Chesterfield.
-¿Qué piensa usted de esto, Watson? -susurró Holmes.
-Parece una huida.


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