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La aventura de los monigotes (Arthur Conan Doyle) - pág.20

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Así que vine a toda prisa a Norfolk con mi amigo y compañero el doctor Watson, pero, por desgracia, sólo llegamos a tiempo de comprobar que ya había sucedido lo peor. -Es un privilegio colaborar con usted en la resolución de un caso -dijo el inspector con gran convicción-. Sin embargo, me perdonará que le hable con franqueza. Usted sólo tiene que responder ante sí mismo, pero yo debo responder ante mis superiores. Si este Abe Slaney que vive donde Elrige es, efectivamente, el asesino, y consigue escapar mientras yo me quedo aquí sentado, me veré sin duda en un grave apuro.
-No debe usted preocuparse. No intentará escapar. -¿Cóm
lo sabe
-Huir equivaldría a confesar su crimen. -Entonces
vayamos a detenerlo
-Estoy esperando que venga él aquí, de un momento a otro. -¿Po
qué habría de venir
-Porque le he escrito pidiéndole que venga
-¡Pero esto es increíble, señor Holmes! ¿Cree que va a venir sólo porque usted se lo pida? ¿N
ve que una petición semejante despertará sus sospechas y le impulsará a huir? -Creo que he sabido presentar la carta del modo adecuado -dijo Sherlock Holmes-. De hecho, o mucho me equivoco o aquí tenemos al caballero en persona, que viene por el sendero.
En efecto, un hombre avanzaba por el sendero que llegaba hasta la puerta. Era un tipo alto, apuesto y moreno, que vestía un traje de franela gris, con sombrero panamá, barba negra y encrespada, nariz grande, aguileña y agresiva y un bastón con el que hacía florituras al andar. Por los aires que se daba al caminar por el sendero, se diría que el lugar le pertenecía, y llamó a la puerta con un campanillazo fuerte v lleno de confianza.
-Creo, caballeros -dijo Holmes en voz baja-, que lo mejor será tomar posiciones detrás de la puerta. Toda precaución es poca cuando se trata de un sujeto como éste. Necesitará usted sus esposas, inspector. Deje que sea yo el que hable.
Aguardamos en silencio un momento -uno de esos momentos que ya no se olvidan-y luego se abrió la puerta y entró nuestro hombre. Al instante, Holmes le aplicó una pistola a la cabeza y Martin cerró las esposas en torno a sus muñecas. Todo se hizo con tal rapidez y destreza que el individuo se encontró indefenso antes de poder darse cuenta de que le atacaban. Nos miró con sus ojos negros y llameantes y entonces estalló en una amarga carcajada.


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