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La aventura de los monigotes (Arthur Conan Doyle) - pág.16

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Se interrogó a los sirvientes, pero ninguno de ellos había oído hablar de semejante lugar. Sin embargo, el mozo de cuadras aclaró la cuestión al recordar que a varios kilómetros de allí, en dirección a East Rust, vivía un granjero que se apellidaba así.
-¿Es una granja aislada?
-Muy aislada, señor.
-¿Incluso es posible que aún no se hayan enterado de lo que sucedió aquí esta noche?
-Puede que no, señor.
Holmes reflexionó un momento y una curiosa sonrisa apareció en su rostro.
-Ensilla un caballo, muchacho -dijo-. Quiero que lleves una nota a la granja de Elrige.
Sacó de un bolsillo una serie de papeles con los dibujos de monigotes, los colocó delante de él en la mesa del estudio y estuvo trabajando durante un rato, al cabo del cual le pasó una nota al mozo, encargándole que la entregara en propia mano a la persona a quien iba dirigida, e insistiéndole de manera especial en que no respondiera a ninguna pregunta que pudieran hacerle.
Pude ver el sobre de la carta, escrito con letra irregular y desordenada, que no se parecía nada a la letra pulcra de Holmes. Iba dirigido al señor Abe Slaney, Granja Elrige, East Ruston, Norfolk.
-Creo, inspector -comentó Holmes-, que lo mejor será que telegrafíe pidiendo refuerzos, pues si mis cálculos son correctos, puede usted tener que conducir a la cárcel del condado a un preso muy peligroso. Seguro que el mismo muchacho que lleva esta carta puede llevar su telegrama. Si sale esta tarde algún tren para Londres, Watson, creo que haríamos bien en cogerlo, porque tengo que terminar un análisis químico bastante interesante y esta investigación está a punto de concluir.
Cuando el joven hubo partido con la nota, Sherlock Holmes dio instrucciones a la servidumbre. Si llegaba alguna visita preguntando por la señora Cubitt, no se le debía dar ninguna información sobre su estado, sino que tenían que hacerla pasar inmediatamente al recibidor. Puso la máxima insistencia en que se grabaran esto en la mente. Por último, nos condujo al recibidor, mientras comentaba que el asunto había quedado ya fuera de sus manos y que procurásemos pasar el tiempo lo mejor que pudiéramos hasta que viésemos lo que nos aguardaba. El doctor se había marchado a atender a sus pacientes y sólo quedábamos el inspector y yo.
-Creo que puedo ayudarles a pasar una hora muy entretenida y provechosa -dijo Holmes, acercando su silla a la mesa y extendiendo delante de él los diversos papeles donde habían quedado registrados los bailes de los monigotes-.


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