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La aventura de los monigotes (Arthur Conan Doyle) - pág.12

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En la habitación sólo se había encontrado un revólver, con dos casquillos vacíos. El señor Hilton Cubitt había recibido un tiro en el corazón. Tan verosímil era que él hubiera disparado contra su mujer para después matarse, como que fuera ella la asesina, ya que el re­vólver estaba caído en el suelo entre ellos, a la misma distancia de los dos.
-¿Han movido el cadáver?
-No hemos movido más que a la señora. No podíamos dejarla tirada estando herida.
-¿Cuánto tiempo lleva usted aquí, doctor?
-Desde las cuatro.
-¿Ha venido alguien más?
-Sí, el policía de aquí.
-¿Y no han tocado ustedes nada? -Nada.
-Han actuado ustedes con mucha prudencia. ¿Quién le hizo llamar?
-La doncella, Saunders.
-¿Fue ella la que dio la voz de alarma?
-Ella y la señora King, la cocinera. -¿Dónde están ahora?
-Creo que en la cocina.
-Entonces, me parece que lo mejor es oír cuanto antes su testimonio.
El antiguo vestíbulo de paredes de roble y altas ventanas se había transformado en un juzgado de instrucción. Holmes se sentó en un enorme y anticuado sillón, con sus inexorables ojos brillando desde el fondo de su rostro apesadumbrado. Se leía en ellos el firme propósito de dedicar su vida a esta investigación, hasta que quedara vengado el cliente al que él no había logrado salvar. El atildado inspector Martin, el anciano y barbudo médico rural, un obtuso policía del pueblo y yo componíamos el resto de aquel extraño equipo.
Las dos mujeres contaron su historia con bastante claridad. Estaban durmiendo y se habían despertado al oír un estampido, al que siguió otro un instante después. Dormían en habita­ciones contiguas, y la señora King había corrido a la de Saunders. Bajaron juntas las escaleras. La puerta del estudio estaba abierta y había una vela encendida sobre la mesa. Su señor estaba caído boca abajo en el centro de la habitación, muerto. Cerca de la ventana estaba acurrucada su esposa, con la cabeza apoyada en la pared. Estaba gravemente herida, con todo un lado de la cabeza rojo de sangre. Respiraba entrecortadamente, pero fue incapaz de decir nada. Tanto el pasillo como la habitación estaban llenos de humo y olor a pólvora. La ventana estaba bien cerrada y asegurada por dentro, las dos mujeres estaban seguras de eso. Habían hecho llamar inmediatamente al doctor y al policía y luego, con ayuda del lacayo y el mozo de cuadras, habían trasladado a su maltrecha señora a su habitación.


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