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La aventura de los monigotes (Arthur Conan Doyle) - pág.7

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Saqué una copia exacta y aquí la tengo -desplegó un papel y lo extendió sobre la mesa-. He aquí el jeroglífico:
-¡Excelente! -dijo Holmes-. ¡Excelente! Por favor, continúe.
-Después de copiarlos, borré los dibujos. Pero dos días después apareció una nueva inscripción. Aquí tengo la copia:
Holmes se frotó las manos y soltó una risita de placer.
-Vamos acumulando material con mucha rapidez -dijo.
-Tres días después, apareció un mensaje dibujado en papel, que dejaron sobre el reloj de sol, sujeto con una piedra. Como ve, las figuras son exactamente las mismas que en el dibujo anterior. Después de eso, decidí ponerme al acecho; cogí mi revólver v me senté en mi estudio, desde donde se domina el césped y el jardín. A eso de las dos de la mañana, seguía sentado junto a la ventana, completamente a oscuras, excepto por la luz de la luna que brillaba fuera, cuando oí pasos a mi espalda y allí estaba mi mujer en camisón. Me rogó que fuera a la cama y yo le dije sin rodeos que quería averiguar quién estaba jugando con nosotros un juego tan absurdo. Me respondió que se trataba de alguna broma idiota y que no debía prestarle atención.
-Si tanto te molesta, Hilton, podríamos irnos de viaje los dos, y nos evitaríamos esta molestia.
-¿Qué? ¿Dejar que un bromista nos expulse de nuestra casa? -dije-. ¡Seríamos el hazmerreír de todo el condado!
-Vamos, ven a acostarte -dijo ella-, y ya lo discutiremos por la mañana.
De pronto, mientras ella hablaba, vi que su rostro, ya pálido, se ponía aún más pálido a la luz de la luna, y su mano se aferró a mi hombro. Algo se movía en la sombra del cobertizo. Distinguí una figura negra y encogida que doblaba la esquina arrastrándose y se agachaba delante de la puerta. Cogí mi revólver y me disponía a salir a la carrera cuando mi esposa me rodeó con los brazos, sujetándome con una fuerza histérica. Intenté desprenderme de ella, pero se agarraba a mí con absoluta desesperación. Por fin logré soltarme, pero para cuando abrí la puerta y llegué al cobertizo, el individuo había desaparecido. Sin embargo, había dejado huellas de su presencia: en la puerta se veía el mismo conjunto de monigotes que ya había aparecido dos veces y que está copiado en ese papel. Por lo demás, no se veía ni rastro del intruso, a pesar de que recorrí la finca de cabo a rabo.


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