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El Anillo de Thoth (Arthur Conan Doyle) - pág.17

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El artículo decía también que al quitar el féretro exterior había quedado al descubierto un pesado anillo de platino, con un cristal incrustado, y que había sido depositado sobre el pecho de la mujer embalsamada. Así pues, era allí donde Parmes había escondido el anillo de Thoth. Desde luego podía asegurar que estaba a salvo, porque ningún egipcio habría sido capaz de mancillar su alma, aunque se tratase solamente de mover la caja exterior de un amigo sepultado.
«Aquella misma noche salí de San Francisco, y al cabo de unas semanas me encontré de nuevo en Abaris, si es que puede dársele el nombre de la gran ciudad a unos montones de arena y muros derruidos. Me apresuré a presentarme ante los franceses que dirigían las excavaciones y les pregunté por el anillo. Me contestaron que el anillo y la momia habían sido enviados al Museo Bulak de El Cairo. Me presenté en el Bulak, pero allí me dijeron tan sólo que Mariette Bey los había reclamado y embarcado para llevarlos al Louvre. Fui tras ellos, y por fin, después de cuatro mil años, me encontré en la sala egipcia con los restos de mi amada y el anillo que había estado buscando durante tanto tiempo.
Pero ¿cómo me las ingeniaría para echarles las manos encima? ¿Cómo apropiarme de ellos? Dio la casualidad de que estaba vacante un puesto de vigilante. Me presenté ante el director. Le convencí de que tenía grandes conocimientos sobre Egipto. Pero mi ansiedad me hizo hablar demasiado. El hombre me dio a entender que merecía más bien la cátedra de profesor que una silla en la conserjería. Dijo que sabía más que él. Entonces, a fuerza de decir disparates, logré convencerle de que había sobrestimado mi conocimiento y me permitió trasladar a esta habitación los pocos efectos personales que he conservado. Esta es la primera y última noche que paso aquí.
Esta es mi historia, Mr. Vansittart Smith. No necesito decirle nada más a un hombre de su inteligencia. Gracias a una extraña casualidad ha contemplado usted esta noche el rostro de la mujer que amé en aquellos tiempos remotos. En la vitrina había muchos anillos con cristales y no tuve más remedio que comprobar si eran de platino para asegurarme de que había encontrado el que buscaba. Una simple mirada al cristal ha sido suficiente para comprobar que había líquido en su interior y que por fin me sería dado expulsar lejos de mí esta maldita salud que me ha ocasionado mayores dolores que la más funesta de las enfermedades.


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