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El Anillo de Thoth (Arthur Conan Doyle) - pág.15

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Estaba claro que el secreto de Parmes no se refería únicamente al metal, pues había muchos otros anillos de dicho metal en el templo. ¿No era más probable que hubiese guardado su precioso veneno en el interior del cristal? Apenas llegué a esta conclusión cuando, al rebuscar entre sus papeles, di con uno que confirmaba mis sospechas y sugería que en el anillo quedaba una porción que no se había usado.
Pero ¿cómo encontrar el anillo? Parmes no lo llevaba encima cuando fue despojado de todas sus pertenencias para entregárselas al embalsamador. De eso estaba seguro. Tampoco se hallaba entre los objetos de su propiedad. Registré en vano todas las habitaciones en que él había entrado, todas las cajas, jarras y objetos que había poseído. Cribé las arenas del desierto en aquellos lugares donde solía pasear, pero, hiciese lo que hiciese, no pude conseguir el más pequeño rastro del anillo de Thoth. Es posible, sin embargo, que mis esfuerzos se hubieran visto recompensados de no haber sido por una nueva e inesperada desgracia.
Se había desatado una guerra enconada contra los hiksos, y los capitanes del gran rey habían quedado aislados en el desierto, con todos los cuerpos de arqueros y de caballería. Las tribus de pastores cayeron sobre nosotros como plagas de langosta en un año de sequía. Desde los desiertos de Shur hasta el gran lago de aguas amargas se derramó la sangre durante el día y cundió el fuego durante la noche. Abaris era el baluarte de Egipto, pero no podíamos impedir el avance de los salvajes. Cayó la ciudad. El gobernador y los soldados fueron pasados a cuchillo, y yo, junto con muchos otros fuimos reducidos al cautiverio.
«Durante años y años cuidé ganado en las grandes llanuras del Eufrates. Murió mi amo y envejeció su hijo, pero yo me encontraba tan alejado de la muerte como siempre. Por fin me escapé en un camello y regresé a Egipto. Los hiksos se habían establecido en las tierras conquistadas y su propio rey gobernaba el país. Abaris había sido reducida a escombros, la ciudad incendiada, y del gran templo no quedaba más que una montaña informe de cascotes de piedra. Las tumbas habían sido saqueadas y los monumentos destruidos. No quedó señal alguna de la tumba de mi amada Atma. Las arenas del desierto la habían sepultado y las palmeras que señalaban el emplazamiento habían desaparecido tiempo atrás.


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