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El Anillo de Thoth (Arthur Conan Doyle) - pág.13

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Su señora estaba enferma, me dijo, muy enferma. Me abrí paso entre la servidumbre, frenético, y atravesé salones y pasillos hasta llegar a la cámara de mi Atma. Estaba tendida en su lecho, con la cabeza sobre la almohada, el rostro muy pálido y los ojos vidriosos. En la frente aparecía una mancha inflamada, de color púrpura. Yo conocía ya aquella marca infernal. Era la pústula de la peste blanca, el sello de la muerte.
¿Para qué hablar de aquellas horas terribles? Durante meses me asedió la locura, el delirio, la fiebre, pero yo no podía morir. Jamás un árabe sediento deseó descubrir un pozo de agua como yo deseé la muerte. Si el veneno o el acero hubiera podido cortar el hilo de mi existencia, habría tardado un instante en ir a reunirme con mi amada en el país del angosto portal. Lo intenté, pero todo fue inútil. La influencia de la sustancia era demasiado poderosa. Una noche, cuando yacía en mi lecho, débil y hastiado de la vida, Parmes, el sacerdote de Thoth, vino a visitarme. Le vi de pie, en el círculo de luz que proyectaba la lámpara, y me miró con unos ojos en los que se adivinaba una alegría insana.
-¿Por qué permitiste que muriera? -me preguntó-. ¿Por qué no la fortaleciste igual que hiciste conmigo?
-Era demasiado tarde -respondí-. Me había olvidado: tú también la amabas. Eres mi compañero en la desgracia. ¿No es terrible pensar que han de pasar siglos hasta que la veamos de nuevo? ¡Qué estúpidos fuimos al suponer que la muerte era nuestro enemigo!
-Tú puedes asegurar eso -exclamó con una risa salvaje-. Esas palabras son acertadas en tus labios. Para mí no tienen significado.
-¿Qué quieres decir? -exclamé, incorporándome sobre un codo-. Seguramente, amigo mío, el dolor ha trastornado tu cerebro.
El rostro de Parmes resplandecía de alegría, y se retorcía y convulsionaba de risa, como si estuviera poseído por el demonio.
-¿Sabes adonde voy? -preguntó.
-No -respondí-, no lo sé.
-Voy hacia ella -dijo-. Ella yace embalsamada en la tumba más alejada, donde se levanta la doble palmera, más allá de los muros de la ciudad.
-¿A qué vas allí? -pregunté.
-¡A morir! -gritó-. ¡A morir! Yo no estoy sujeto a las cadenas de la vida terrenal.
-¡Pero el elixir está en tu sangre! -exclamé.


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