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El Anillo de Thoth (Arthur Conan Doyle) - pág.12

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Se envió también un gobernador a Abaris, que debía mantener la ciudad para el rey. Yo había escuchado las alabanzas sobre la belleza de la hija del gobernador. Un día, mientras paseaba en compañía de Parmes, la vimos pasar transportada sobre los hombros de sus esclavos. El amor me traspasó como un rayo. Se me escapó el corazón. Habría sido capaz de arrojarme a los pies de los porteadores. Era mi mujer. La vida sin ella me resultaba imposible. Juré por la cabeza de Horus que habría de ser mía. Hice el juramento ante el sacerdote de Thoth, pero se alejó de mi lado con el ceño fruncido, tan oscuro como la noche.
No es necesario que le hable de nuestros amores. Llegó a amarme tanto como yo la amaba a ella. Me enteré de que Parmes pretendía haberla visto antes que yo, y que le había dado a entender que él también la amaba, pero yo sonreía ante aquella pasión, pues sabía que su corazón me pertenecía. La peste blanca hizo aparición en la ciudad y las víctimas fueron incontables, pero yo pasaba mis manos sobre los enfermos y los cuidaba sin ningún temor o recelo. Ella se maravillaba de mi valentía. Entonces le revelé mi secreto y le supliqué que me permitiera emplear mi arte con ella.
-Tu juventud jamás se marchitará, Atma -le dije-. Las demás cosas pasarán, pero tú y yo, y el gran amor que nos profesamos, sobreviviremos a la misma tumba del rey Chefru.
Pero ella estaba llena de dudas y no hacía más que poner objeciones tímidas propias de una doncella. «¿Era eso justo? -preguntaba-. ¿Acaso no constituía una burla a la voluntad de los dioses? ¿Si el gran Osiris hubiera deseado que nuestras vidas fueran tan largas no nos lo habría concedido él mismo?
A fuerza de palabras cariñosas y enamoradas logré dominar sus dudas, pero seguía vacilando. Era una gran decisión, decía. Necesitaba una noche más para pensarlo. Por la mañana me haría saber el resultado de sus meditaciones. No era demasiado pedir una noche. Deseaba dirigir sus plegarias a Isis para que le ayudara en la decisión.
Con el corazón abatido, barruntando desgracias, la dejé en compañía de sus doncellas. A la mañana siguiente, una vez finalizado el sacrificio de primera hora, corrí a su casa. Una esclava asustada me recibió al pie de la escalera.


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