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El Anillo de Thoth (Arthur Conan Doyle) - pág.5

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No era nervioso. Se sentía atraído por las situaciones novelescas, lo cual es característico de su raza. Estiró los miembros entumecidos, consultó el reloj y dejó escapar una carcajada al ver la hora que era. El episodio podía constituir una admirable anécdota que relataría en su próximo trabajo, y que sería como un descanso entre las graves y pesadas especulaciones. Tenía un poco de frío, pero se encontraba perfectamente despierto y recuperado. No había nada de sorprendente en el hecho de que el vigilante no hubiera reparado en él, pues la puerta proyectaba una espesa sombra directamente sobre su pupitre.
El silencio absoluto era impresionante. No se oía ni un solo crujido o murmullo ni en el interior ni en el exterior. Estaba solo entre los cadáveres de una civilización desaparecida. ¡Qué importaba el mundo exterior, totalmente librado el bullicio del siglo diecinueve! En toda aquella sala no había un solo objeto que no hubiera soportado el paso de cuatro mil años. Allí estaban los restos que el gran océano del tiempo había rescatado de aquel lejano imperio. Desde la majestuosa Tebas, desde la altiva Luxor, desde los grandes templos de Heliópolis, desde un centenar de tumbas expoliadas aquellas reliquias habían sido reunidas. El investigador miró a su alrededor y contempló las mudas figuras que brillaban vagamente a través de las tinieblas, antaño animadas por múltiples afanes, ahora tan silenciosas, y se vio arrastrado por un sentimiento de respeto y honda meditación. Una desacostumbrada conciencia de su propia juventud e insignificancia le invadió. Recostado en el asiento, su mirada soñadora vagó a lo largo de las salas, donde la luz de la luna proyectaba rayos plateados, y que ocupaban todo un ala del espacioso edificio. Por fin sus ojos recayeron sobre el resplandor amarillo de una lámpara distante.
John Vansittart Smith se incorporó en su asiento con los nervios al límite. La luz avanzaba despacio hacia él, deteniéndose de vez en cuando, para acercarse acontinuación con pequeñas sacudidas. Él portador de la luz se movía sin producir el menor ruido. En aquel profundo silencio ni siquiera se percibía el más mínimo roce de los pies que avanzaban. Lo primero que se le pasó por la cabeza al inglés es que se trataba de ladrones. Se recogió todavía más en su rincón. La luz estaba ya a dos salas de distancia. Ahora se encontraba en la sala de al lado y seguía sin escucharse sonido alguno.


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