El alcalde de Zalamea (Pedro Calderón de la Barca) - pág.42
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CRESPO: Por Dios,
señor, que no os alteréis;
que sólo a una diligencia
vengo, con vuestra licencia,
aquí, y que solo os quedéis
importa.
A los soldados
ÁLVARO: Salíos de aquí.
Al ESCRIBANO y los otros
CRESPO: Salíos vosotros también.
Al escribano
Con esos soldados ten
gran cuidado.
ESCRIBANO: Harélo así.
Vanse [el ESCRIBANO, los soldados, y los
labradores]
CRESPO: Ya que yo, como justicia,
me valí de su respeto,
para obligaros a oírme,
la vara a esta parte dejo,
y como un hombre no más
deciros mis penas quiero.
Arrima la vara
Y puesto que estamos solos,
señor don Álvaro, hablemos
más claramente los dos
sin que tantos sentimientos
como tiene encerrados
en las cárceles del pecho
acierten a quebrantar
las prisiones del silencio.
Yo soy un hombre de bien;
que a escoger mi nacimiento,
no dejara, es Dios Testigo,
un escrúpulo, un defecto
en mí, que suplir pudiera
la ambición de mi deseo.
Siempre acá entre mis iguales
me he tratado con respeto.
De mí hacen estimación
el cabildo y el concejo.
Tango muy bastante hacienda,
porque no hay, gracias al cielo,
otro labrador más rico
en todos aquestos pueblos
de la comarca. Mi hija
se ha crïado, a lo que pienso,
con la mejor opinión,
virtud y recogimiento
del mundo. Tal madre tuvo
--téngala Dios en el cielo!--
...Bien pienso que bastará,
señor, para abono de esto,
el ser rico, y no haber quien
me murmure, ser modesto,
y no haber quien me baldone;
y mayormente viviendo
en un lugar corto, donde
otra falta no tenemos
más que decir unos de otros
las faltas y los defectos;
y pluguiera a Dios, señor,
que se quedara en saberlos.
Si es muy hermosa mi hija,
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