El alcalde de Zalamea (Pedro Calderón de la Barca) - pág.37
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a contarte mis desdichas,
a referirte mis penas;
porque, si una vez te miras
con manos y sin honor
me darán muerte tus iras,
y quiero ante que las veas
referirte a mis fatigas.
CRESPO: Detente, Isabel, detente.
No prosigas; que desdichas,
Isabel, para contarlas
no es menester referirlas.
ISABEL: Hay muchas cosas que sepas,
y es forzoso que al decirlas
tu valor se irrite, y quieras
vengarlas antes de oírlas.
Estaba anoche gozando
la seguridad tranquila,
que al abrigo de tus canas
mis años me prometían,
cuando aquellos embozados
traidores, que determinan
que lo que el honor defiende
el atrevimiento rinda,
me robaros; bien así,
como de los pechos quita
carnicero hambriento lobo
a la simple corderilla.
Aquel capitán, aquel
huésped ingrato, que el día
primero introdujo en casa
tan nunca esperada cisma
de traiciones y cautelas,
de pendencias y rencillas,
fue el primero que en sus brazos
me cogió, mientras le hacías
espaldas otros traidores,
que la bandera militan.
Aquese intricado, oculto
monte que está a la salida
del lugar, fue su sagrado.
¿Cuándo de la tiranía
no son sagrados los montes?
Aquí ajena de mí misma
dos veces me miré, cuando
aun tu voz, que me seguía,
me dejó, porque ya el viento
a quien tus acentos fías,
con la distancia, por puntos
adelgazándose iba;
de suerte, que las que eras
antes razones distintas,
no eran voces sino ríos;
luego en el viento esparcidas,
no eran voces, sino ecos
de una confusas noticias;
como aquel que oye un clarín,
que, cuando de él se retira,
le queda por mucho rato,
si no el ruido, la noticia.
El traidor pues, en mirando
que ya nadie hay quien le diga,
que ya nadie hay que me ampara,
porque hasta la luna misma
ocultó entre pardas sombras,
o crüel o vengativa,
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