El alcalde de Zalamea (Pedro Calderón de la Barca) - pág.31
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ya que tan dichoso ha sido
que merece ir por crïado
vuestro.
LOPE: Otra vez os afirmo
que podéis descuidar de él;
que va, señora, conmigo.
Sale JUAN
JUAN: Ya está la litera puesta.
LOPE: Con Dios os quedad.
CRESPO: El mismo
os guarde.
LOPE: ¡Ah, buen Pedro Crespo!
CRESPO: ¡Oh, señor don Lope invicto!
LOPE: ¿Quién nos dijera aquel día
primero que aquí nos vimos,
que habíamos de quedar
para siempre tan amigos?
CRESPO: Yo lo dijera, señor,
si allí supiera, al oíros,
que erais...
LOPE: Decid por mi vida.
CRESPO: Loco de tan buen capricho.
Vase [don LOPE y habla Pedro CRESPO] a JUAN
En tanto que se acomoda
el señor don Lope, hijo,
ante tu prima y tu hermana,
escucha lo que te digo.
Por la gracia de Dios, Juan,
eres de linaje limpio,
más que el sol, pero villano.
Lo uno y otro te digo;
aquello, porque no humilles
tanto tu orgullo y tu brío,
que dejes, desconfïado,
de aspirar con cuerdo arbitrio
a ser más; lo otro, porque
no vengas desvanecido
a ser menos. Igualmente
usa de entrambos designios
con humildad; porque, siendo
humilde, con cuerdo arbitrio
acordarás lo mejor
y como tal, en olvido
pondrás cosas, que suceden
al revés en los altivos.
¡Cuántos, teniendo en el mundo
algún defecto consigo,
le han borrado por humildes;
y cuántos, que no han tenido
defecto, se le han hallado,
por estar ellos mal vistos!
Sé cortés sobre manera;
sé liberal y partido,
que el sombrero y el dinero
son los que hacen los amigos;
y no vale tanto el oro
que el sol engendra en el indio
suelo, y que consume el mar,
como ser uno bienquisto.
No hables mal de las mujeres;
la más humilde, te digo,
que es digna de estimación;
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