El alcalde de Zalamea (Pedro Calderón de la Barca) - pág.23
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me dolieron a mí entrambas.
Decidme, ¡por vida vuestra!,
cuál es y sépalo yo
porque una sola me duela.
LOPE: ¿No tengo mucha razón
de quejarme, si ha ya treinta
años que asistiendo en Flandes
al servicio de la fuerra,
el invierno con la escarcha
y el verano con la fuerza
del sol, nunca descansé
y no he sabido qué sea
estar sin dolor un hora?
CRESPO: ¡Dios, senor, os dé paciencia!
LOPE: ¿Para qué la quiero yo?
CRESPO: ¡No os la dé!
LOPE: Nunca acá venga,
sino que dosmil demonios
carguen conmigo y con ella.
CRESPO: ¡Amén! Y sino lo hacen
es por no hacer cosa buena.
LOPE: ¡Jesús mil veces, Jesús!
CRESPO: Con vos y conmigo sea.
LOPE: ¡Voto a Cristo, que me muero!
CRESPO: ¡Voto a Cristo, que me pesa!
Saca la mesa JUAN
JUAN: Ya tienes la mesa aquí.
LOPE: ¿Cómo a servirla no entran
mis crïados?
CRESPO: Yo, señor,
dije, con vuestra licencia,
queno entraran a serviros,
y que en mi casa no hicieran
prevenciones; que a Dios gracias,
pienso, que no os falte en ella
nada.
LOPE: Pues, que no entran crïados,
hacedme favor que venga
vuestra hija aquí a cenar
conmigo.
CRESPO: Dile que venga
tu hermana al instante, Juan.
Vase JUAN
LOPE: Mi poca salud me deja
sin sospecha en esta parte.
CRESPO: Aunque vuestra salud fuera,
señor, la que yo os deseo,
me dejara sin sospecha.
Agravio hacéis a mi amor
que nada de eso me inquieta;
que el decirle que no entrara
aquí fue con advertencia
de que no estuviese a oír
ociosas impertinencias;
que si todos los soldados
corteses, como vos, fueran,
ella había de acudir
a servirlos la primera.
LOPE: (¡Qué ladino es el villano! Aparte
¡Oh, cómo tiene prudencia!)
Salen INÉS e ISABEL [y JUAN]
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