Amado y aborrecido (Pedro Calderón de la Barca) - pág.58
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que favorable contra el hado fiero
se muestre; sólo quiero que me diga
por qué un amor a aborrecer me obliga.
¿Por qué un desdén me obliga a que le adore?
Mas ¡ay! que aun ella es fuerza que lo ignore;
que aun a amantes querellas
nunca razón han dado las estrellas.
Salir del jardín quiero.
¿Qué es lo que miro? En otra duda muero,
si no tan rigurosa,
no ya menos penosa,
si el riesgo en que me miro considero.
¡Ay de mí! El jardinero
la puerta me ha cerrado;
que, creyendo que nadie sin el día
aquí estar osaría,
su misma confianza le ha engañado;
igual es el escándalo al cuidado.
Si a propósito un hombre dispusiera
esta ocasión, ¿pudiera
llegar nunca a logralla?
No; que sólo se halla
lo más dificultoso a cada paso
dispuesto en los descuidos de un acaso.
Si llamo, inconveniente
es; si no llamo...Pero allí anda gente,
aun para discurrir tiempo me falta,
y mi sombra --¡ay de mí!-- me sobresalta.
Fuerza es que recatado
espere a ver lo que dispuso el hado.
Salen IRENE, AMINTA, CLORI, FLORA, NISE y LAURA
IRENE: ¿A estas horas al jardín
vuelves, Aminta?
AMINTA: El silencio
de la noche me convida,
de las hojas y los vientos,
a cuyo compás el mar,
tranquilamente sereno,
responde en blandos embates
la media razón del eco.
Parece que divertida
a las lisonjas del fresco
entre las flores y el agua
me tienen mis sentimientos.
IRENE: (¡Oh, plegue a Dios que Lidoro Aparte
no venga --¡ay de mí!-- tan presto!)
DANTE: (Aminta, Irene y las damas Aparte
son. Recáteme el recelo
de ser sentido, y que piensen
que ha sido el acaso intento.)
FLORA: Pues ya que de aqueste sitio
te agrada el divertimiento,
quieres que cantemos?
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