Amado y aborrecido (Pedro Calderón de la Barca) - pág.52
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sólo puede ser mi pena.
REY: Seguidla todos, seguidla.
¿Qué mortal pasión, Irene,
es ésta?
IRENE: No sé qué diga,
si no es que a quien está triste
poco la música alivia,
pues antes dicen que aumenta
más la pasión.
REY: Por su vida
no sé, Irene, lo que diera.
Sale LIDORO
LIDORO: Bien puedo pedirte albricias.
REY: ¿De qué?
LIDORO: De que ese bajel,
nao marchante de la India
oriental, cargado viene
de plata, oro y piedras ricas,
a hacer empleo en los frutos
que esta tierra fertilizan,
con que ha de exceder tu reino
a las comarcanas islas.
REY: Yo las albricias te mando,
que llega a ocasión que es dicha,
pues puedo hacer, con su empleo,
que a la de Egnido se siga
la guerra; que he de morir
o acabar de destruirla.
Vase
LIDORO: (¡Qué al contrario ha de salirle Aparte
el empleo que imagina!)
AURELIO: Aunque de paso, no puedo
dejar, Irene divina,
de decir que mi esperanza
aun vive.
IRENE: Mucho me admira
que aun para decirme eso
al rey le perdáis de vista.
Id tras él, que importa más
que mi amor.
AURELIO: Bien me castigas.
Vase
IRENE: No mucho, pues que te dejo
aquesa esperanza viva.
(Allí Lidoro ha quedado. Aparte
¡Oh, si las ferias del día
diesen ocasión de hablarle!)
LIDORO: (Allí quedó Irene. Dicha Aparte
fuera que hablarla pudiera,
porque pudiera decirla
de dónde la nao viene.
MALANDRÍN: ¿Ves estas penas de Aminta?
Pues tú, señor...
DANTE: Ya lo sé,
ya lo sé, no me lo digas;
que pues nada me remedia,
no es bien que todo me aflija.
¿Ves aquel afecto? ¿Ves
aquella pasión que obliga
a sentimiento a las piedras?
Pues menos tras sí me tira
que aquel helado desdén;
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